domingo, 28 de febrero de 2010

(Clima) Viaje de vuelta e ida

En el semáforo, la estoica silueta de un hombrecillo color rojo brillante. Las calles estaban prácticamente desiertas. Por la noche, el clima en la ciudad era hostil. Un vejete decrépito se apoyaba a duras penas en su bastón. Miró a izquierda y a derecha, pero ningún vehículo iba a aparecer en los próximos minutos. (La utilidad de un semáforo, en una calle por la que casi nunca pasan coches, es un misterio). Pese a que podía cruzar sin peligro, el anciano no hizo un solo movimiento. Esperó pacientemente a que el hombrecillo verde relevase al rojo. De todas formas, lo último que quería era volver a casa.

Caminó con dificultad por la acera mojada. La humedad y las ráfagas de viento de la sierra habían acentuado sus dolores reumáticos, en los últimos días. El cielo era una manta arrugada de tinte ámbar, y la lluvia ofrecía una tregua momentánea. El viejo encorvado sufrió un ataque de tos al llegar a su portal. Se apoyó en la pared para recobrar el aliento. Ochenta y seis años, ya. Sesenta y dos de los cuales había compartido con Ágata, su esposa. Su carcelera. Rememoró tiempos mejores mientras su respiración se acompasaba. Añoró la juventud perdida.

La llave le temblaba en la mano. Su pulso ya no resultaba fiable, por así decirlo. Don Gerardo, una eminencia según su esposa, le había diagnosticado Parkinson. Tras mantener una silenciosa pelea contra sus propios temblores, por fin, logró incrustar la llave en la cerradura. Dentro, el ambiente estaba sobrecargado, apenas se podía respirar. Nuestro vetusto amigo pensó con amargura que acababa de introducirse en un microclima, como los que había en el zoológico; concretamente, en la jaula de las hienas.

Su mujer parecía a punto de hundirse en el sillón, pero sus garras, asidas con fuerza a los reposabrazos, la mantenían a flote. Era prisionero de una dictadora con gafas de pasta, pelusa grisácea sobre el labio superior y un rostro con la textura de una remolacha.

-¿Se puede saber de dónde vienes, calzonazos?

El anciano cerró la puerta con delicadeza, y aguantó el chaparrón. En aquella penumbra, sus ojos se mantenían fijos en las puntas de sus zapatos. Fijos y cada vez más húmedos.

-Manda narices la cosa. Todos los días me haces lo mismo. Te largas por ahí después de cenar y no se sabe nada más de ti hasta las tantas. ¿No te da vergüenza dejar a tu pobre esposa aquí sola, con la cantidad de gentuza que hay suelta? Pues nada. Está claro que al señor le sudan los cojones. Seguro que te vas de putas, o algo así, porque si no, no me lo explico. ¿A qué viene esa manía de pulular a estas horas? Que estás hecho una pena, Ramiro, que lo sabes muy bien. Que cualquier día te escoñas y "amén, Jesús". Lo que tienes que hacer es quedarte quietecito en casa y no moverte, pero tú erre que erre. Ni caso, como siempre.

Etcétera, etcétera, etcétera. El viejo dejó de escuchar. Esa vieja arpía quería enterrarlo en vida. Pues ni hablar. No iba a consentirlo, seguiría tomando diariamente sus dosis de libertad mientras tuviese fuerzas para caminar.

-Me voy a la cama -informó Ramiro-. Que descanses.

-Eres un desgraciao.

Una vez arrebujado entre las sábanas, Ramiro dejó a su mente volar hacia cada instante feliz de su vida. Cada momento que había merecido la pena de aquellos ochenta y seis años. Se vio montando en bicicleta con Joaquín y otros chavales del pueblo, cazando ranas en la poza, jugando con la escopeta de corcho, y luego haciendo la instrucción en Aranjuez, escribiendo cartas de amor a una joven Ágata, amándola apasionadamente en el pajar, bebiendo orujo de hierbas hasta caer doblado sobre la mesa (porque una apuesta es una apuesta), viajando a Roma, a Bruselas, a Berlín, a Nápoles, viendo crecer a sus dos mocosos, Leandro y José Luis, cómo los quería... Así permaneció durante un par de horas. De fondo, se escuchaban los ronquidos de Ágata y al vendedor de la teletienda anunciando una máquina para trocear hortalizas, pero Ramiro sólo atendía a las voces de su pasado.

Poco a poco, se fue quedando dormido. Tenía una sonrisa en los labios cuando su corazón se detuvo. "Su mirada, dulce y gris, voló".

lunes, 15 de febrero de 2010

Nieve: Zarzalejo me cambió la vida

Lo reconozco, estoy muy gordo. El médico me advirtió hace un par de meses de que mis 147 kilos acortarían considerablemente mi esperanza de vida. El riesgo de infarto se multiplica si tienes las venas colapsadas por colesterol de la peor clase. Pero seré franco, me sentía en plena forma. Para mí la apariencia física no es más que una gilipollez, un resultado más del consumismo y del culto al cuerpo. Y por la que no pensaba renunciar a esas apetitosas bambas de nata; ni a untar el aceitillo sobrante de las frituras; ni a la mayonesa, salsa barbacoa o roquefort; ni a ninguno de mis otros grasientos (y suculentos) vicios culinarios. Además, los problemas de salud son para los viejos, y yo aún tengo 35 años. El problema es que, en este preciso instante, creo que estoy al borde del infarto. Siento como si tuviese un yunque sobre mi esternón. Ahora sí que estoy asustado.

Los sanitarios del UNO UNO DOS me hacen sentarme el la parte trasera de la ambulancia: la puerta está abierta. Mientras me examinan, dejo que mis ojos deambulen por la calzada. Los copos caen oscilantes sobre la carrocería de los vehículos empotrados que bloquean ambos carriles y humean en silencio. La colisión se produjo a eso de las 11:07. Un Audi A4 blanco patinó sobre las placas de hielo y se fue directo al arcén; el coche que le seguía, un Fiat Punto rojo no pudo esquivarlo y se lo comió. Fue un choque en cadena. Me empotré contra ellos, y pensé que se me había partido el cuello cuando otro vehículo descontrolado chocó con el culo de mi pobre Seat. Alguien me ayudó a salir del coche. La puerta del conductor estaba encajada, así pues tuvieron que sacarme por la del copiloto. Qué vergüenza.

El sanitario me dice que no sufro ninguna herida de consideración, así que le doy las gracias y me acerco a mi automóvil. Siniestro total; justo dos semanas después de que le cambiase el seguro, de todo riesgo a terceros. Maldigo mi estampa. A mi alrededor, no parece que haya ningún herido grave; la gente forma corrillos y habla agitadamente. Algunos llaman a sus familiares para darles la noticia. También hay quien se recuesta en un capó abollado y se fuma un pitillo con los ojos cerrados.

high angle view of cars on a freeway driving in fog


La nieve sigue cayendo lenta, inexorable. Tengo los dedos agarrotados y me cuesta muchísimo subir la cremallera del abrigo. La nariz me gotea. La nieve empieza a cuajar sobre mi barba, mientras me acerco al arcén. Reparo en una placa de hierro retorcida. La recojo del suelo. Joder, sólo me he agachado y ya tengo el corazón a mil por hora... A la mierda, en cuanto llegue a casa me desharé de toda la comida basura que tengo almacenada. Voy a empezar a cuidarme; en serio, una experiencia tan radical -en un paisaje tan bucólico- me ha hecho replantearme el valor de mi existencia. Jadeando con levedad examino el cartel arrancado: M-533, km 7.

martes, 9 de febrero de 2010

El proceso creativo

Jimmy tenía la historia en su interior. Tras anotar "Hastío" en la parte superior del folio, comenzó a escribir sin saber bien cuál iba a ser la próxima palabra. Todas las emociones, sensaciones y protestas reprimidas durante años hervían por salir de su interior.

Cuando se levantó de la silla, ya tenía una historia. Sabía que era literatura estrafalaria. Sabía que era imposible. Pero lo había conseguido. Y sabía que tenía un millón de narraciones más en su interior, historias que sólo precisaban de una chispa para salir a la luz. Pero, ¿sería capaz de escribirlas?


Extraído del libro "Por el pasado llorarás", de Chester Himes.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Nada que demostrar

Tengo una Glock 19 en mi mano derecha. Percibo el frío de su empuñadura. La aprieto con todas mis fuerzas para infundirme valor. A mi alrededor la gente va y viene, se arremolina dejando tras de sí diferentes hedores y permufes caros. Tengo una pistola del calibre 9 milímetros Parabellum en mi mano derecha y nadie parece darse cuenta.

No sé exactamente dónde estoy metido. La primera imagen que se me viene a la cabeza es la estación de metro abandonada en la que se enfrentan Neo y el agente Smith, en Matrix. Pese a mis dudas, me introduzco en el vagón de metro y apunto aleatoriamente a las cabezas de sus ocupantes.

-Todo el mundo al suelo, joder.

Así es como se hace en las películas. El atracador entra en escena esgrimiendo un arma y pronuncia las palabras mágicas. Ahora puedo ver una miríada de rostros desencajados. Ese viejo de allí tiembla sin remedio. Aquel ejecutivo de allá abraza su maletín con fervor casi religioso. Una embarazada acaricia su vientre hinchado mientras me mira sin pestañear.

Es entonces cuando los de seguridad espabilan, claro. Ahora vendrán haciéndose los héroes y me obligarán a disparar. Me forzarán a hacer algo que no quiero hacer. Para escapar tendré que vaciar un par de cargadores. Cristales rotos por todas partes.

[...]

En el piso de arriba hay un montón de autocares aparcados. Subo corriendo a uno que parte hacia Valladolid. Le digo al conductor que vaya tranquilo, que si se porta bien nadie saldrá herido; así evitaremos disgustos. El tipo asiente con la frente empapada. El sudor le resbala por la cara a chorros. El cuello de su camisa absorbe el goteo incesante de agua y sales canalizado por las orejas. Siento náuseas. Observo a los ocupantes del autocar. Hay toda clase de pasajeros: chicas jóvenes, ancianas histéricas, madres, hijos e, incluso, un señor con bigote.

Me siento junto a la ventana, en la tercera fila de asientos que hay a la espalda del conductor. El viaje se me hace eterno. En la autopista, se suceden los accidentes, aunque no nos vemos implicados en ninguno. Nunca he visto nada parecido: los coches arden en el arcén o salen despedidos por encima de los quitamiedos, pero a nosotros ni nos rozan.

Oigo gimotear a una señora, al final del pasillo.

-No quiero morir -balbucea con voz de pito, mientras yo pienso que todos moriremos, tarde o temprano.

Viajo mirando alternativamente a la carretera y al resto del pasaje. Creo que el hombre del bigote está tramando algo. No es normal que tenga el ceño tan fruncido. Fijo mi vista en él y levanto la pistola, como recordatorio. El tipo saca de su mochila unas gafas de sol negras y se las coloca. Su morro torcido me pone de los nervios.

De pronto, la furgoneta blanca que nos precede (¿o es beis?) hace un trompo y queda atravesada en mitad de la carretera, obstaculizando dos carriles. Un coche intenta una maniobra evasiva y nos impacta lateralmente. El autocar se bambolea y yo me doy un hostión en la cabeza, pero nuestro conductor consigue mantener el vehículo en la calzada. Reparo en el dolor. Me llevo la mano a la parte superior izquierda de la cabeza y la tanteo. Luego, me miro los dedos y los encuentro manchados de sangre. Una sangre muy diluida, por cierto.

Maldigo en voz baja mientras me volteo para comprobar los efectos del choque entre los viajeros. Entonces me fijo en un yonqui que está sentado al otro lado del pasillo, una fila por detrás de mí. Tiembla violentamente, lo que me hace pensar automáticamente en mi cepillo de dientes eléctrico. Cuando vuelvo a mirarlo, poco después, la barba le ha crecido, como si hubieran pasado un par de días. De hecho, ni siquiera puedo asegurar que se trate del mismo hombre.

El vehículo avanza esquivando coches en llamas; yo me voy comiendo la cabeza. Tal vez lo de secuestrar el autocar no haya sido una buena idea. La chica que ocupa el asiento de al otro lado del pasillo lloriquea un poco. Es bastante mona. Un mechón de pelo oscuro y unas gafas cuadradas enmarcan dos enormes ojos verdes. Me inspira una profunda pena, así que trato de consolarla. Me muevo al asiento de al lado y susurro.


-Eh, puedes estar tranquila. No voy a haceros daño a ninguno.

Me obligo a sonreir, quiero animarla. No es justo que haya personas pasándolo mal por mi culpa, pero tengo que mantener el control de la situación. Todo se reduce a eso. Ella me mira, seria de repente.

-Ya, si lo sé. El problema es el tiempo. Estos individuos no se callan, no paran de quejarse. Y lo que van a hacer, en cuanto todo esto termine, es irse por ahí a comprar, a gastar su tiempo en chorradas. No han aprendido nada con todo este follón.

-Realmente, sólo lo hago para probarme -explico, como si hubiese escuchado otra cosa-. Es decir, ¿soy capaz? Estaba un poco harto de siempre la misma rutina.

Ella me sonríe, asintiendo.

-Es emocionante. ¿Estabas en una situación límite?

Y, de pronto, pienso en qué coño estoy haciendo. ¿Qué pasará cuando me cojan? Intento imaginarme la situación. Quizá me golpeen el cráneo con saña, me esposen y me arrojen a un calabozo a la espera del juicio. No quiero ir a la cárcel, vete a saber qué clase de barbaridades ocurren allí. O tal vez los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado me cosan a balazos a la mínima oportunidad. La angustia me antenaza la garganta. Siento como si mi estómago se hubiese comprimido sobre sí mismo hasta reducirse al tamaño y textura de una uva pasa.

Un buen amigo, compañero de clase además, ocupa el asiento que tengo delante. No lo había visto hasta ahora. Se encarama al respaldo e intenta darme ánimos. Me dice que tampoco conlleva una pena judicial tan alta el hecho de secuestrar un autocar. Pero no sólo es el secuestro lo que me preocupa... En la huída que emprendí para llegar al autocar he disparado contra varios policías y civiles. Cristales rotos, ¿recuerdas? Joder, ahora me acuerdo perfectamente. Es probable, bueno, en realidad es casi seguro que alguno haya muerto.
Me siento enfermo. ¿Soy un puto asesino? ¿Por qué disparé tan alegremente antes? ¿Era yo quien disparaba? "La cabeza no deja de girar". No pasa nada, debo de estar soñando y, en los sueños, todos los errores que se cometen se enmiendan al abrir los ojos. Un momento, ¿seguro que esto es un sueño?

Y justo entonces me despierto.

miércoles, 27 de enero de 2010

Breves nociones sobre la propiedad intelectual (II)

Internet es un elemento determinante para la propagación de la cultura y la información. Contribuye al ejercicio universal de la libertad de expresión y garantiza el pluralismo de las ideas. Pese a esto, los titulares de derecho de propiedad intelectual presionan inagotablemente para imponer una regulación que les permita el desarrollo de modelos de negocio de acceso restringido. En consecuencia, los Tratados de la OMPI manifiestan “la necesidad de equilibrio entre los derechos de los autores y los intereses del público en general, en particular en la educación, la investigación y el acceso a la información”.

Con las excepciones a los derechos de propiedad intelectual en Internet se preservan (teóricamente) intereses de carácter público. Algunos ejemplos de estos intereses son la libertad de expresión e información o el derecho de acceso a la cultura. La lista de excepciones incluidas en los textos internacionales no tiene un carácter cerrado.

Los titulares pueden recurrir a medidas tecnológicas para proteger sus obras. ¿Cuál es el valor de las excepciones frente a esto? Diferenciemos entre las obras licenciadas en línea y las no licenciadas en línea. En el primer caso, la Directiva interpreta que los titulares de la obra tienen un derecho absoluto a condicionar el acceso y los posibles usos. Resumiendo, se excluye y olvida el interés público. Por otra parte, cuando las obras no se encuentran licenciadas en línea, la Directiva intenta (de un modo algo dudoso) conseguir el equilibrio anteriormente descrito. El resultado de aunar el interés público con las demandas de los titulares es una regulación extremadamente compleja, de peliaguda aplicación práctica.

Como cierre quisiera destacar la extensa corriente de oposición ciudadana que estos avances del derecho de propiedad intelectual han despertado. Porque, de la misma forma que los titulares de la propiedad intelectual pueden perseguir el acceso o copias no autorizadas, los usuarios cuentan con herramientas -e ingenio- suficientes como para eliminar tales medidas de protección. Y es que, si el Derecho justifica el cierre de páginas Web tan sólo por poseer enlaces hacia sitios que contienen creaciones intelectuales, resulta lógico que la gente se oponga a esta concepción policial y restrictiva. El método más universal que tiene la población de expresar este descontento es realizando de millones de actos diarios individuales de rebeldía.

viernes, 15 de enero de 2010

Breves nociones sobre la propiedad intelectual (I)

Antes de entrar en materia he de confesar algo. Los datos que he empleado para elaborar este acercamiento al derecho de propiedad intelectual han sido extraídos del texto “El derecho de propiedad intelectual: por un nuevo equilibrio entre creadores e interés general”, de Celeste Gay Fuentes. Bien, ahora que he salvado mi alma, doy paso a la información pura y dura. Si de lo expuesto debajo alguien aprendiese algo, me sentiría satisfecho (y supongo que Celeste también).

La aparición de la imprenta motivó las primeras manifestaciones del derecho de autor, en forma de licencias de impresión otorgadas por los monarcas. No obstante, hasta el siglo XVIII no aparece el concepto de derecho de autor como medio para asegurar a los creadores una remuneración a su trabajo intelectual.

En sus orígenes, el derecho de autor estaba vinculado a una concepción individualista del creador, al que se le reconocía el derecho de control sobre una obra literaria o artística. La aparición de nuevos tipos de creaciones intelectuales supuso una expansión del número de obras cubiertas por la propiedad intelectual. Esto, a su vez, ha provocado una significativa modificación en los principios de funcionamiento del derecho de autor.

Las nuevas obras surgen de una producción industrial, que es un proceso complejo en el que participan múltiples sujetos incluidos en una organización empresarial. Así pues, el primitivo concepto de derecho de autor ha sufrido un cambio tan grande que, actualmente, es preferible usar el término más extenso de derecho de propiedad intelectual.

El creador individual se ha convertido en un mero asalariado. La titularidad de los derechos de propiedad intelectual ha sido desplazada. En la mayoría de las legislaciones nacionales aparece el concepto de obra colectiva. De esta forma, el Derecho favorece el tránsito de los derechos de propiedad intelectual de los autores, artistas intérpretes y ejecutantes a favor de las organizaciones empresariales. ¿La justificación? Muy sencilla, se alega que esta ruta facilita la comercialización de las obras.

Por cierto, para el que (como yo) no lo supiera, los derechos económicos que se otorgan a los titulares de la propiedad intelectual son cuatro básicamente. Los derechos de reproducción, de distribución (venta, alquiler y préstamo), de comunicación pública y de transformación.

Ahora centrémonos en el entorno digital, teniendo en cuenta la suma de modificaciones introducidas en la producción y distribución cultural. Uno de los mayores dilemas es la llegada de Internet, un nuevo medio de explotación. Mediante la Red pueden transmitirse todo tipo de informaciones. En el entorno digital aparecen las obras multimedia, los programas de ordenador y las bases de datos. Como estos términos no nos son desconocidos, obviaremos su definición.

El meollo de la cuestión radica en encontrar a los sujetos responsables de las infracciones a los derechos de propiedad intelectual. En este caso, serían los proveedores de contenidos y los usuarios de Internet. La particularidad que se plantea en las transmisiones en línea es que dichos sujetos pueden ser difíciles de localizar y, además, actuar contra ellos resulta enormemente complicado (gran número de usuarios, gran dispersión). Por ello, los titulares de la propiedad intelectual buscan a los intermediarios del proceso de transmisión. Así pretenden identificar a algún responsable más cercano y estable.

La aproximación que la DDASI realiza a este tema es demasiado general y no resuelve todas las interrogantes. Una regulación más matizada la encontramos en la Directiva 2000/31/CE sobre el comercio electrónico. La Directiva establece unas condiciones concretas para decidir quién es responsable y quién no. Los prestadores de servicios de intermediación técnica (operadores de red y proveedores de acceso) sólo serán responsables si han originado la transmisión o la han modificado. Los prestadores de servicios de alojamiento o almacenamiento de datos proporcionados por terceros serán considerados culpables si tienen conocimiento de la infracción y no actúan con diligencia. Por último, los prestadores de servicios de "caching" no serán responsables de los contenidos almacenados. Como puede verse, la responsabilidad de los sujetos se vincula esencialmente al conocimiento de la ilicitud de la información transmitida.

(Lo siento mucho, pero el tochaco de texto no ha hecho nada más que comenzar. En efecto, continuará...)

lunes, 28 de diciembre de 2009

Despedida

El coche estaba en doble fila. Se miraron fijamente y el tiempo siguió su curso. Las pupilas se dilataron, los pulsos se aceleraron. El chico tuvo que apartar la vista. Dejó escapar un leve suspiro y agarró con fuerza el volante. Tenía miedo y unas ganas locas de besarla. Pero la razón le sugirió que lo más apropiado era contenerse, dejarlo estar, así que no se movió. Estaban muy lejos, pese a estar tan cerca.

Ella dudó. Debía marcharse, la estaban esperando. "Será mejor que me vaya". Abrió la puerta y dejó entrar una ráfaga de aire helado.

El chico la vio cruzar la calle. La miró mientras se alejaba bajo la luz de las farolas. Sintió una punzada en el pecho. Una desagradable opresión que le impedía respirar con facilidad. Metió la primera marcha y condujo calle abajo con los dientes apretados, pero no se le inundaron los ojos. Tal vez se había olvidado de cómo se lloraba. Se limitó a pisar el acelerador a fondo para dejarla atrás cuanto antes.

Era tonto e inocente. Aquel momento, aquella música, aquellas manos tan frías... Deseó fervientemente que alguien le diese un abrazo.

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La vida es injusta.
Imagina que eres músico. Imagina que llevas tiempo suspirando por un Stradivarius. ¿De acuerdo? Pues ahora imagina que finalmente consigues uno de esos exquisitos violines, pero no puedes hacerlo vibrar. El motivo es muy sencillo. Te han cortado las manos.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Corre

Tengo que correr más. Ese hijo de puta es muy rápido. Hace un frío exagerado y está amaneciendo. El suelo patina un poco porque el rocío matinal se ha convertido en una traicionera capa de escarcha. No me gustaría resbalar ahora. Si cayese al suelo el policía se me echaría encima en un abrir y cerrar de ojos. No quiero que me abra la cabeza con su porra reglamentaria.

Doblo la esquina resoplando y miro hacia atrás. El tipo sigue ahí. "¡Quieto maricón!", me increpa. No parece cabreado, más bien expectante. Desde luego, tiene mejor fondo físico que yo. Me temo que podrá mantener ese trotecillo cochinero durante al menos media hora. Seguro que está esperando a que me agote antes de alcanzarme. Así le resultará más fácil darme de hostias. Cabrón retorcido. No me siento con fuerzas suficientes como para aguantar ni cinco minutos. Si pudiese esprintar, tendría una oportunidad, pero me acojona mucho la perspectiva de escurrirme y que el poli me machaque.

Enfilo por la calle de los Destiladores y me dirijo hacia las escalinatas de los yonquis. No creo que haya muchos, hace un frío de la hostia. He oído en el telediario que las temperaturas van a rondar los menos cinco grados. El poli me está poniendo verde. Supongo que está hasta los cojones de perseguir a un puto niñato por unas calles vacías y heladas. Me encantaría mandarlo a tomar por culo. Desgraciadamente soy un cagado, en especial si estoy a punto de ser trincado.

Los escalones tienen pequeños depósitos de nieve pisada, endurecida. Me voy a caer, lo veo venir. Antes de llegar disminuyo un poco la velocidad y salto. Joder, vaya salto que pego. Me veo a mí mismo volando por los aires como un ave. Un ave medio desplumada, hambrienta, cansada y sin brillo, vale, pero eso no le resta magia al momento. Milagrosamente, aterrizo de pie en el primer rellano de la escalinata. ¡Bua, qué subidón! La sangre me martillea los tímpanos, tengo la adrenalina desatada y me la suda el policía. ¡Puedo volar!

El madero ha debido alucinar con mi demostración de vuelo acrobático. Supongo que se creerá que el enlosado está seco. Llega al borde, salta y... ZASCA. Menudo hostión que se mete. No puedo evitar descojonarme en su cara. No eres un pájaro, tío. Bajo los dos tramos de escalera restantes con cuidado y me volteo. El madero se retuerce de dolor y no para de soltar tacos. Creo que se ha roto un brazo, una pierna o algo. ¿Está sangrando? ¿Y a quién le importa?

Silbo y me largo con el ánimo jubiloso. Me encanta esa expresión, es super pedante. La saqué de un viejo libro que estaba tirado en el apartamento del Cabeza. No recuerdo el autor, pero las páginas parecían a punto de desintegrarse. Creo que su única labor por aquella época era la de acumular polvo bajo el sofá del salón. Entre birra y birra lo hojeaba con curiosidad. Hasta que un día, cortaron el suministro de luz y gas del piso (el Cabeza usaba las facturas para limpiarse el culo) y aquel pequeño centro de cultura acabó alimentando una hoguera encendida en la bañera.

Ahora sólo pienso en volver a casa, y meterme en la cama. El sol comienza a asomar por encima de las azoteas. Tal vez no sea dueño de mi vida, pero esta sensación que me invade se parece mucho a la libertad.

Wintery Urban Scene

martes, 8 de diciembre de 2009

La canción de Bianca

Añadir cualquier explicación sería quitarle magia a esta secuencia. Espero que alguien la disfrute.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Dobles vidas

Tenía veintiún años. Llevaba desde los catorce, justo cuando le empezó a salir barba, escuchando la misma cantinela. "Ya estás hecho todo un hombre". Pues no estaba de acuerdo, en absoluto. No había madurado lo suficiente. Por el momento, lo único que le importaba más que su futura licenciatura en filología hispánica era mantener estable su nivel de ingresos. Se sentía un poco inquieto. Hacía días que no le llamaban desde la agencia de citas.

El telefonó interrumpió su duermevela. Miró el reloj. Eran las 02:12 de la madrugada.

-¿Diga?

Cogió una vieja agenda que guardaba en el cajón de la mesilla. Con impaciencia, arrancó una hoja cualquiera (el doce de febrero de algún año ya vivido) y apuntó la dirección.

Cuando se requerían sus servicios amatorios, ponía en práctica su estudiado ritual de preparación. Treinta flexiones. Cincuenta abdominales. Ducha fría. Selección de ropa interior sugerente -a gusto de la demandante-. En efecto, algunas veces le mandaban apuntar alguna fantasía o deseo expreso de la clienta, junto a la dirección de la misma. A continuación, se tomaba un par de tragos de ginebra para darse fuerzas. Terminaba de vestirse, se miraba al espejo y salía de casa con el pie derecho. Luego, bajaba las escaleras de tres en tres y atravesaba el portal con expresión decidida, pero lleno de dudas.

En esta ocasión, la dirección anotada quedaba cerca y no le apetecía coger un taxi, así que comenzó a caminar calle arriba. Aspiró una bocanada de aire húmedo y fresco. Al expirar, su aliento se condensó en una espesa nube de vapor. Entonces, recordó lo mucho que le gustaba deambular en la noche. La acera estaba cubierta de minúsculas gotas de agua...

Iba pensando que las personas que se prostituyen están estigmatizadas socialmente. Ése era el motivo por el cual preservaba al máximo su intimidad. No es que se avergonzara de lo que era, se repetía constantemente: es que no le hubiesen comprendido. Nadie sabía a lo que se dedicaba porque cuidaba mucho los detalles. Sin embargo, llevar una doble vida siempre acarrea consecuencias. Las horas de insomnio acumuladas. La pérdida progresiva de autoestima. Todas las horas lectivas y clases magistrales que se esfumaron. El paulatino distanciamiento de amigos y familiares. Hasta el más insignificante de nuestros actos engendra una consecuencia.

Pese a todo, no se sentía mal. Ni tampoco se había planteado realmente dejar su trabajo. Era dinero fácil. La excusa moral se la proporcionaba el considerarse a sí mismo como un "apoyo emocional", imprescindible para sus clientas. ¿Estaban faltas de cariño, comprensión o caricias? ¿Viudas o divorciadas? ¿Se sentían solas? ¿Eran viejas, mórbidas, desfiguradas o enfermizamente tímidas? Daba igual. Su trabajo era consolarlas, en la medida de lo posible. En cuanto superó las típicas reticencias iniciales, creó en su mente una especie de código de honor ligado a la prostitución. No era la actividad impúdica e innoble que promulgaban los medios de comunicación y todas aquellas asociaciones de mamarrachos. No. La prostitución era un oficio necesario y digno, aunque poca gente lo reconociera abiertamente. Todo por culpa del maldito afán de guardar las apariencias.

Se veía a sí mismo como un mártir. A veces, jugaba a creer que realmente lo era. "La sociedad nos rechaza, pero depende de nosotros. No importa, puedo soportar su hipocresía. A cambio de unos cuantos billetes reparto dosis de amor y comprensión a quien las necesita".

Llegó a su destino en quince minutos. Un gris bloque de 14 pisos. El edificio presentaba un aspecto nostálgico a la luz de las farolas. Los de mantenimiento debían llevar meses sin acercarse al portal. La capa de pintura que cubría la superficie del marco estaba resquebrajada y dejaba entrever profundas señales de óxido aferradas al acero. Llamó al telefonillo. Alguien descolgó y le abrió sin mediar palabra. Antes de internarse en las entrañas de aquel gigante de hormigón armado respiró hondo, nuevamente, y se dio ánimos. Vamos, tú puedes.

No tuvo tiempo de tocar el timbre. La puerta del 7º C estaba abierta. En el umbral se adivinaba una silueta ligeramente encorvada. Cuando se acercó, y vio de cerca a la mujer que había solicitado su presencia, casi se le para el corazón. En serio. La reconoció pese al exagerado maquillaje que le cubría el rostro. Pese al rímel corrido sobre las mejillas. Pese al carmín que no se detenía en los labios, sino que le bordeaba la boca, convirténdola en una mueca de payaso. Tenía el cabello fino y quebradizo. El tinte caoba se había diluído con el paso de las semanas. Las profundas arrugas se le asemejaron a las grietas de un terremoto. La bata raída, que en su día fue escarlata y presuntuosa, ahora era un trapo descolorido. Ni siquiera el olor penetrante que salía de la casa le nubló el razonamiento. La reconoció al instante. Era "la señorita Dolores", su profesora de la escuela primaria. Se quedó congelado frente a la mujer y escrutó aquellos vidriosos ojos, buscando algún signo de reconocimiento por su parte. Sólo vio una inmensa nostalgia. Y una lágrima plateada.
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Bien. En este caso me ahorraré los juicios de valor. Mejor será que cada cual saque la conclusión que crea oportuna. Para aquellas personas a las que no hayan empatizado con el personaje de la vieja maestra, abandonada y enloquecida, dejo un par de sugerencias. Pueden pensar que el chico se encuentra con algún familiar, con una amiga de sus padres o con cualquier otra conocida que se sienta sola, sin nadie que la haga sentir que vale la pena. Mi único propósito con esta pequeña historia es que el lector reflexione un segundo. Principalmente, sobre las apariencias y la fugacidad del tiempo. Por último, no he querido precisar si la señora Dolores reconoce o no a su ex-alumno. Esta historia no tiene final. Que cada uno le ponga el que desee. Y que la imaginación os haga evocar.