Mostrando entradas con la etiqueta Madrid. Mostrar todas las entradas
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viernes, 26 de abril de 2013
sábado, 13 de octubre de 2012
Street Dreams
"Lloran los pianos. Lloran desde el corazón del odio".
Dolcce Rotta
Yo no evoluciono.
Yo me quedé en esto.
lunes, 3 de septiembre de 2012
Septiembre
Escuché esta maqueta por primera vez hace seis años.
Desde entonces es el himno de cada otoño.
martes, 1 de mayo de 2012
lunes, 9 de abril de 2012
jueves, 2 de febrero de 2012
martes, 17 de enero de 2012
miércoles, 7 de diciembre de 2011
miércoles, 19 de octubre de 2011
jueves, 6 de octubre de 2011
domingo, 28 de agosto de 2011
Las calles de Madrid apestan (y todo ese rollo)
Poca gente sabe la que os va a caer encima este otoño-invierno.
Y mi hermano Dani Sanz es uno de ellos.
Prueba de fuego, valientes.
Y mi hermano Dani Sanz es uno de ellos.
Prueba de fuego, valientes.
sábado, 16 de abril de 2011
Ah, la primavera de Madrid
No dejes la ventana abierta demasiado tiempo.
Ese humo que hace toser a las farolas y a los guardias se te meterá en la garganta.
Y en los ojos.
Y te pasarás toda la mañana estornudando y carraspeando como un cabrón.
O como una cabrona.
Que aquí no hacemos distinciones.
Shot gun blues.
¿Os gustan los microrrelatos de temática criminal?
Porque en nada tendréis uno por aquí.
De cuando era (aún) más niñato que ahora.
Trabajo de clase. Trescientas palabras.
Era obligatorio utilizar diez verbos pedantes/estrafalarios.
Así podréis vomitarme encima.
Paz, valientes.
Ese humo que hace toser a las farolas y a los guardias se te meterá en la garganta.
Y en los ojos.
Y te pasarás toda la mañana estornudando y carraspeando como un cabrón.
O como una cabrona.
Que aquí no hacemos distinciones.
Shot gun blues.
¿Os gustan los microrrelatos de temática criminal?
Porque en nada tendréis uno por aquí.
De cuando era (aún) más niñato que ahora.
Trabajo de clase. Trescientas palabras.
Era obligatorio utilizar diez verbos pedantes/estrafalarios.
Así podréis vomitarme encima.
Paz, valientes.
jueves, 24 de marzo de 2011
Introdujo el alambre por su oreja y se removió el cerebro
Son casi las cinco y sigo aquí.
Tengo un puto problema.
Los chococrispis esos no me dejan conciliar el sueño.
Aunque me duelen los ojos, y las putas piernas.
En serio, mi forma física es de abuelo.
A ver si salgo a correr algún día.
Mañana.
Es decir hoy.
Cuando amanezca.
Me tomaré un batido de galletas.
Víctor y yo pensaremos con qué historia vamos a bautizarnos en la nueva sección de Acta Verbum.
Tengo que escribir una entrada sobre el documental BORN INTO THIS, para Laboratorio de Prensa.
Y pulir dos cuentos que están a puntito de ser lanzados al vacío.
Lamento no subir relatos nuevos, para que podáis criticarlos, pero estoy poniendo en práctica una estrategia de envío masivo.
Si tengo suerte (JA) os avisaré.
Debería retocar el audio de Rapiña.
No.
Aguanta un poco más.
Aún nos falta la música.
Últimamente, sólo escucho London Calling, de The Clash, y un recopilatorio de jazz que saqué de la biblioteca (recomendación expresa).
Y Agorazein, y a Crema en solitario, y a Cíniko, y a Dolcce Rotta (qué lástima la escisión, joder).
Hemos llegado a la conclusión de que los jóvenes inteligentes/ahorradores no se dan aires consumiendo ron de etiqueta. El "Almirante" del Mercadona es la solución. Cuesta 5'50, y al día siguiente sigues vivo.
Alguien debería hacerle una oda.
Alguien que sepa hacer odas, claro.
Algún día os contaré cómo repartimos panfletos poéticos por Madrid Centro.
Sábado y domingo.
Fran y yo.
De su libro: Lo supe en cuanto te vi.
.
Dentro de unas horas LA veré.
La veré.
Yujuuu.
.
PD: me gusta leer los tweets de Fya.
PD 2: no sé en qué género periodístico o literario se puede englobar esta puta mierda de post.
Gracias por seguir fieles. Sois unos valientes.
Tengo un puto problema.
Los chococrispis esos no me dejan conciliar el sueño.
Aunque me duelen los ojos, y las putas piernas.
En serio, mi forma física es de abuelo.
A ver si salgo a correr algún día.
Mañana.
Es decir hoy.
Cuando amanezca.
Me tomaré un batido de galletas.
Víctor y yo pensaremos con qué historia vamos a bautizarnos en la nueva sección de Acta Verbum.
Tengo que escribir una entrada sobre el documental BORN INTO THIS, para Laboratorio de Prensa.
Y pulir dos cuentos que están a puntito de ser lanzados al vacío.
Lamento no subir relatos nuevos, para que podáis criticarlos, pero estoy poniendo en práctica una estrategia de envío masivo.
Si tengo suerte (JA) os avisaré.
Debería retocar el audio de Rapiña.
No.
Aguanta un poco más.
Aún nos falta la música.
Últimamente, sólo escucho London Calling, de The Clash, y un recopilatorio de jazz que saqué de la biblioteca (recomendación expresa).
Y Agorazein, y a Crema en solitario, y a Cíniko, y a Dolcce Rotta (qué lástima la escisión, joder).
Hemos llegado a la conclusión de que los jóvenes inteligentes/ahorradores no se dan aires consumiendo ron de etiqueta. El "Almirante" del Mercadona es la solución. Cuesta 5'50, y al día siguiente sigues vivo.
Alguien debería hacerle una oda.
Alguien que sepa hacer odas, claro.
Algún día os contaré cómo repartimos panfletos poéticos por Madrid Centro.
Sábado y domingo.
Fran y yo.
De su libro: Lo supe en cuanto te vi.
.
Dentro de unas horas LA veré.
La veré.
Yujuuu.
.
PD: me gusta leer los tweets de Fya.
PD 2: no sé en qué género periodístico o literario se puede englobar esta puta mierda de post.
Gracias por seguir fieles. Sois unos valientes.
domingo, 6 de marzo de 2011
Todo esto tiene cabida en una noche de invierno
Contaminación, muy por encima de los niveles permitidos.
Picor de garganta y moqueo.
Estornudos.
Piernas inquietas.
Wonka suspira en sueños.
Malos presagios últimamente.
Quizás todo marcha demasiado bien.
El saldo del móvil: inferior a dos euros.
Relatos amontonados en el disco duro y sobre el escritorio.
Un tazón de cereales con leche helada.
Los radiadores agobian.
Las estrellas siguen sin iluminar este cielo.
Material suficiente como para aguantar despierto hasta que amanezca.
“Extraños en un tren”, de Patricia Highsmith.
Un ejemplar de la revista “Quimera” (mayo de 2010).
STC 139/2007, sentencia del Tribunal Constitucional.
“Sangre fácil”, de los Coen.
Y un par de documentales que aún no he visto.
Ella.
La perfección de un ángel de ojos enormes.
Apareció de improviso y me salvó.
De mí mismo, del resto del mundo.
He descubierto que soy capaz de enamorarme.
¿Quién lo iba a decir?
Sonrío.
¿Soy feliz?
Vuelvo a sonreír.
(Aunque tenga miedo).
Nota:
Eh, sigo aquí.
¿Sigues ahí?
Picor de garganta y moqueo.
Estornudos.
Piernas inquietas.
Wonka suspira en sueños.
Malos presagios últimamente.
Quizás todo marcha demasiado bien.
El saldo del móvil: inferior a dos euros.
Relatos amontonados en el disco duro y sobre el escritorio.
Un tazón de cereales con leche helada.
Los radiadores agobian.
Las estrellas siguen sin iluminar este cielo.
Material suficiente como para aguantar despierto hasta que amanezca.
“Extraños en un tren”, de Patricia Highsmith.
Un ejemplar de la revista “Quimera” (mayo de 2010).
STC 139/2007, sentencia del Tribunal Constitucional.
“Sangre fácil”, de los Coen.
Y un par de documentales que aún no he visto.
Ella.
La perfección de un ángel de ojos enormes.
Apareció de improviso y me salvó.
De mí mismo, del resto del mundo.
He descubierto que soy capaz de enamorarme.
¿Quién lo iba a decir?
Sonrío.
¿Soy feliz?
Vuelvo a sonreír.
(Aunque tenga miedo).
Nota:
Eh, sigo aquí.
¿Sigues ahí?
domingo, 27 de febrero de 2011
sábado, 22 de enero de 2011
El Cepo
El conserje de mi escuela se llamaba Matías, pero entre el alumnado era más conocido como el Cepo. De ceporro, claro. Un mote perfecto porque, cuando te cogía, el cabrón no te soltaba. Siempre llevaba un mono verde, con manchas de pintura, y una gorra con publicidad de Caja Segovia. Como mi colegio es tirando a cutre, Matías tan pronto pintaba las líneas del campo de fútbol, como arreglaba la instalación eléctrica, o abría y vigilaba la verja a la hora de las entradas y las salidas.
No sé qué edad tendría. ¿Cincuenta y pico? Algunos creían que menos. Cara rechoncha, irregular, papada. Se estaba empezando a quedar calvo. Usaba unas gafas cuadradas de montura gruesa, con unos cristales más gruesos aún. Cuando te agarraba de la pechera y ponía tu cara a la altura de la suya, podías ver gran cantidad de mierda adosada a las lentes. El aliento le apestaba a muerte, o a clorofila, dependiendo de si tenías suerte y él un chicle a mano.
Una vez, mientras me daba la chapa por escupir en el pasillo, me fijé en su barba. No es que se afeitara mal por gusto. Los pliegues de carne sebosa debían ser un estorbo de primera para la cuchilla.
No sé qué edad tendría. ¿Cincuenta y pico? Algunos creían que menos. Cara rechoncha, irregular, papada. Se estaba empezando a quedar calvo. Usaba unas gafas cuadradas de montura gruesa, con unos cristales más gruesos aún. Cuando te agarraba de la pechera y ponía tu cara a la altura de la suya, podías ver gran cantidad de mierda adosada a las lentes. El aliento le apestaba a muerte, o a clorofila, dependiendo de si tenías suerte y él un chicle a mano.
Una vez, mientras me daba la chapa por escupir en el pasillo, me fijé en su barba. No es que se afeitara mal por gusto. Los pliegues de carne sebosa debían ser un estorbo de primera para la cuchilla.
viernes, 7 de enero de 2011
martes, 4 de enero de 2011
lunes, 27 de diciembre de 2010
Fauna nocturna madrileña I
Hombres. Casados o pajilleros, o ambas cosas. De entre treinta y muchos y cincuenta y pocos. Calvos, gordos, con perilla y mirada lasciva. Labios encarnados, húmedos porque una viscosa lengua los recorre asiduamente. Una mano sostiene el cubata, la otra no sale del bolsillo. (Quizá alguno se esté acariciando la entrepierna a través del pantalón).
Están ahí, como pasmarotes, en mitad de la pista de baile. No quitan el ojo a las piernas de mis compañeras de clase. Sonrisa sesgada. Tuercen el cuello, comentan algo entre ellos y se carcajean. Me dan asco.
-Están de convención en Madrid, seguro -me susurra Luis al oído (un gran compañero de clase, con 41 tacos y trabajo estable)-. ¿Tú crees que un padre de familia que viva aquí dejaría en casa a sus mujer e hijos para venir a zorrear a este antro?
Ni idea. ¿Cómo se supone que voy a saberlo? Analizando su chocante aspecto, me extraña cada vez más que alguien los esté esperando en casa.
-Solterones salidos. ¿Quién iba a querer emparejarse con estos tiparracos? -sentencio.
Luis menea la cabeza.
-La soledad es una cosas muy jodida, tío. Puede que a día de hoy te la sude, pero, te lo digo por experiencia, cuando llegas a una cierta edad... te acabas agarrando a lo que sea.
[...]
Ahora estoy apoyado en una Yamaha TZR50 (no es mía), con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás. Son las cuatro y media de la madrugada y está helando. La mayoría de la gente se ha cambiado de local en cuanto encendieron las luces. Efe y yo, en cambio, nos hemos tomado un respiro.
-A estas alturas ya acosan menos, ¿eh? -comenta Efe, pensativo.
Sonrío. Es increíble la cantidad de relaciones públicas de locales de medio pelo que puedes encontrarte por Huertas un miércoles de diciembre hacia la medianoche. Nosotros éramos un grupo de más de treinta personas: presa fácil. Los hay para todos los gustos. El argentino, el urugayo, el andaluz, el madrileño, el negrito cachas. La hostia... me da la sensación de que, tras nuestra negativa a acompañarlos, se meten en la primera bocacalle, zigzaguean ligeramente, y vuelven a hostigarnos una decena de metros más allá. Qué energía, qué vitalidad, qué pesados. Tengo la impresión de que hay más "relaciones públicas" que "público" en sí. Aunque, pensándolo bien, tal vez esto se deba a que no pueden estarse quietos. El efecto sensorial de superioridad numérica apabulla.
Y luego están los chinos que venden cerveza. Insistentes. Incansables. Insobornables. Un clásico de la noche madrileña. Una vez estuve a punto de morir de un ataque de risa en la plaza de Santo Domingo. Aún faltaba para que abriesen el metro. Imaginad a seis chavales embriagados y hambrientos debatiendo con el dueño de un kebab. El tipo dice que todavía está cerrado. "Venga, hombre, ¿y ese individuo del turbante? ¿Qué pinta detrás del mostrador si está cerrado?". De pronto, una mujer china se me cuelga del brazo y me dice: "¿Celveza?". Le digo que no con la cabeza, y le explico: "Voy servido, gracias. Lo que necesito es comer algo. ¿No tendrás un bocadillo por ahí?". Me sonríe, radiante. "¿Quieles celveza?".
-Sí, igual tienen que descansar como todo el mundo -me incorporo y miro a Efe-. O eso, o están en Cibeles, engatusando en las marquesinas de los búhos.
[...]
-Escribiré en mi blog al respecto. Esta feroz competencia entre chinos vendedores de cerveza y relaciones públicas es un fenómeno digno de ser estudiado por las más prestigiosas universidades -suelta Efe con sorna, mientras pateamos el gélido asfalto-. Pero tú tendrás que hacer lo propio. ¿Qué me dices?
Antes de que pueda decir que eso está hecho, un chaval de pelo largo, armado con una montaña de flyers, salta de la puerta de un guariche y, sonriendo de oreja a oreja, anuncia:
-¡Chicos, los invito a un "chupitaso" de peché!
Están ahí, como pasmarotes, en mitad de la pista de baile. No quitan el ojo a las piernas de mis compañeras de clase. Sonrisa sesgada. Tuercen el cuello, comentan algo entre ellos y se carcajean. Me dan asco.
-Están de convención en Madrid, seguro -me susurra Luis al oído (un gran compañero de clase, con 41 tacos y trabajo estable)-. ¿Tú crees que un padre de familia que viva aquí dejaría en casa a sus mujer e hijos para venir a zorrear a este antro?
Ni idea. ¿Cómo se supone que voy a saberlo? Analizando su chocante aspecto, me extraña cada vez más que alguien los esté esperando en casa.
-Solterones salidos. ¿Quién iba a querer emparejarse con estos tiparracos? -sentencio.
Luis menea la cabeza.
-La soledad es una cosas muy jodida, tío. Puede que a día de hoy te la sude, pero, te lo digo por experiencia, cuando llegas a una cierta edad... te acabas agarrando a lo que sea.
[...]
Ahora estoy apoyado en una Yamaha TZR50 (no es mía), con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás. Son las cuatro y media de la madrugada y está helando. La mayoría de la gente se ha cambiado de local en cuanto encendieron las luces. Efe y yo, en cambio, nos hemos tomado un respiro.
-A estas alturas ya acosan menos, ¿eh? -comenta Efe, pensativo.
Sonrío. Es increíble la cantidad de relaciones públicas de locales de medio pelo que puedes encontrarte por Huertas un miércoles de diciembre hacia la medianoche. Nosotros éramos un grupo de más de treinta personas: presa fácil. Los hay para todos los gustos. El argentino, el urugayo, el andaluz, el madrileño, el negrito cachas. La hostia... me da la sensación de que, tras nuestra negativa a acompañarlos, se meten en la primera bocacalle, zigzaguean ligeramente, y vuelven a hostigarnos una decena de metros más allá. Qué energía, qué vitalidad, qué pesados. Tengo la impresión de que hay más "relaciones públicas" que "público" en sí. Aunque, pensándolo bien, tal vez esto se deba a que no pueden estarse quietos. El efecto sensorial de superioridad numérica apabulla.
Y luego están los chinos que venden cerveza. Insistentes. Incansables. Insobornables. Un clásico de la noche madrileña. Una vez estuve a punto de morir de un ataque de risa en la plaza de Santo Domingo. Aún faltaba para que abriesen el metro. Imaginad a seis chavales embriagados y hambrientos debatiendo con el dueño de un kebab. El tipo dice que todavía está cerrado. "Venga, hombre, ¿y ese individuo del turbante? ¿Qué pinta detrás del mostrador si está cerrado?". De pronto, una mujer china se me cuelga del brazo y me dice: "¿Celveza?". Le digo que no con la cabeza, y le explico: "Voy servido, gracias. Lo que necesito es comer algo. ¿No tendrás un bocadillo por ahí?". Me sonríe, radiante. "¿Quieles celveza?".
-Sí, igual tienen que descansar como todo el mundo -me incorporo y miro a Efe-. O eso, o están en Cibeles, engatusando en las marquesinas de los búhos.
[...]
-Escribiré en mi blog al respecto. Esta feroz competencia entre chinos vendedores de cerveza y relaciones públicas es un fenómeno digno de ser estudiado por las más prestigiosas universidades -suelta Efe con sorna, mientras pateamos el gélido asfalto-. Pero tú tendrás que hacer lo propio. ¿Qué me dices?
Antes de que pueda decir que eso está hecho, un chaval de pelo largo, armado con una montaña de flyers, salta de la puerta de un guariche y, sonriendo de oreja a oreja, anuncia:
-¡Chicos, los invito a un "chupitaso" de peché!
viernes, 3 de septiembre de 2010
Bon appétit
Paula aborrece las películas de terror y los noticiarios. Monstruos, asesinatos, robos y violaciones le producen una urticaria de lo más molesta.
La chica, en cambio, es deportista. Sale a correr todos los días, sin falta. Varía la hora en función del trabajo. Su jefe, ese cabrón engreído, ha puesto nuevas tareas a su departamento. Lleva dos semanas llegando a casa a las diez y media de la noche, o más. Bueno, tendrán que bonificarle su valioso tiempo en horas extras, o libres. Paula no es de las que se deja achantar. Piensa reclamar hasta el último céntimo (o minuto).
Son las 23:47 de un miércoles de octubre. Paula está volviendo a casa por el carril bici. Pelo recogido en una coleta, mallas sudadas y Miguel Bosé a toda pastilla en su reproductor de mp3. La verdad es que tiene buena pinta esta noche. A partir del primer hijo algunas mujeres descuidan su cuerpo, pero Paula no.
Ahora viene el tramo siniestro de camino. Hay como seis o siete farolas reventadas, detrás de esos enormes concesionarios. Al otro lado una verja, una franja de descampado y, un poco más allá, la M-40. Paula no se preocupa. Ha pasado por allí montones de veces. Pero hoy es distinto. Detrás de los matorrales, aparece un maromo descomunal y, sin saber cómo ni por qué, Paula acaba en el suelo. Los auriculares se revientan contra el pavimento agrietado. Las rodillas despellejadas. Ella lo mira, asustada.
-No tengo dinero, pero puede llevarse el reproductor de música si quiere.
Es una frase típica de esas peliculas que detesta. El tipejo se ríe. Se ríe. Era de esperar, ¿no? Está encorvado, con la rodilla hincada en el suelo. La tiene sujeta por el cuello, y Paula arruga la nariz. Sudor rancio, de varios días quizá. Alcohol, vómitos. En la otra mano el hombre menea una botella de Eristoff, rota por el culo. Aún puede verse parte de la etiqueta, y los dientes de vidrio reflejan amenazantes la luz de la luna. Paula no puede moverse. Sus músculos no le pertenecen.
-¿Sabes quién es Edmund Emil Kemper? -susurra él.
Goterones de sudor le resbalan por las mejillas sin afeitar. Paula niega con un leve gesto. La manaza le oprime la garganta y la barbilla. Duele.
-¿Nunca has oído hablar de "El cazador de cabezas"? -insiste.
El tipo parece confundido. Balbucea cosas sin sentido. Un hilillo de saliva le resbala por la comisura, mientras habla consigo. La suelta y se incorpora.
-Ven ahí detrás, te lo explicaré.
Agarra la coleta de un tirón y la obliga a levantarse. Sonríe. Le faltan dos dientes. El colmillo superior derecho y el premolar de al lado. Paula tiembla. Quiere llorar, quiere gritar. Salir de allí. Hace un esfuerzo sobrehumano para no mearse encima. David ya le habrá leído el cuento al pequeñajo y la estará esperando en la cama.
El individuo se surca el cabello, grasiento, con las puntas de cristal, como si la manoseada botella fuese un peine. Mientras, arrastra a Paula hasta detrás de los setos y la deja caer sobre un montón especialmente grande de porquería.
-¿Sabes que de niño mató al gato porque éste prefería a su hermana? Qué infancia más dura, de verdad.
-Por favor... -empieza a decir Paula.
-Su abuela fue la primera en morir. Y luego el abuelo. El pequeño Ed adoraba a su abuelo, así que sólo intentó ahorrarle el sufrimiento de ver lo que le había pasado a la abuelita.
El hombre se rasca la entrepierna. Se relame. Mueve el cuello compulsivamente, y tiene un tic en el ojo izquierdo. Es alto, mucho. Y gordo. Paula está terriblemente acojonada, pero intenta fijarse en los detalles. ¿Color de la camisa? Es difícil saberlo a la luz de la luna. Además, está repleta de huellas mugrientas.
-Se hizo famoso por raptar colegialas. Las recogía cuando hacían autoestop, se ganaba su confianza y luego las mataba, las violaba, las descuartizaba. Sus cabezas cercenadas eran trofeos de caza para él.
Bla, bla, bla, y más bla, sobre el asesino aquel. Paula no cree en Dios. Paula cree en su familia, en unas pocas amigas, en el Atlético de Madrid, en las facturas comerciales y en su nómina. Paula reza en silencio. Mentalmente. Quisiera elevar un canto celestial. Pedir perdón por las veces que ha blasfemado, sobre todo después de la muerte de mamá. "Te lo ruego. Oh. Dios. A-yú-da-me".
-Las mataba y luego tenía sexo con ellas. ¿Muy fuerte, no crees?
Paula es víctima de un agarrotamiento tal que sus músculos podrían implosionar en cualquier momento. El tío sigue a lo suyo. Más detalles escabrosos. Al cabo de los minutos, se fija en que Paula llora y cambia el tono.
-Vas a comerme la polla. Si lo haces muy bien, tal vez no te mate.
Paula aprieta los dientes.
Náuseas.
Náuseas.
Se desabrocha la bragueta, lentamente. Junto a las costuras tiene manchas de semen, de bilis y de vete a saber qué más. Su mano derecha no suelta la botella. Tal vez Paula pueda huir. Tal vez el tío no pudiera alcanzarla en una carrera. ¿No? ¿Eso crees? Mejor, ni lo intentes. Demasiado cerca. A Paula se le ha olvidado cómo ponerse de pie. La cremallera llega al final. Él mira la mira a los ojos. Ella no ve. Shock. La boca seca. Los ojos inundados. Un ridículo pene emerge, despacio, grotesco. Seguro que el cabrón es eyaculador precoz.
-Bon appétit.
Campos sembrados de girasoles. Olor a hierba recién cortada. La corriente se desliza con suavidad entre las piedras del río. Bajo los chopos. El sol ocultándose tras las montañas. El cielo. Puro. Rosado, anaranjado, azul, violeta. Montones de estrellas, aunque aquí no las haya.
Porque Paula no está aquí.
El tipo empieza a gimotear de puro gusto y la imágenes se desvanecen. Paula no logra evadirse. La cara de su minúsculo hijo. Lo imagina cogido de la mano de David, en su entierro. "No. ¿Por qué? Por favor. Ya es suficiente. Oh. Señor. No. No. NO. ¡BASTA!".
Y la noche se tiñe de rojo.
Las mandíbulas se tornan fauces. Los dientes hienden la carne con tal violencia que una explosión de sangre inunda su boca. LA SANGRE FLUYE CALIENTE. Nunca olvidará aquellos gritos. No son humanos. Un demonio lanzado de vuelta al infierno. Ahora, Paula tampoco es Paula. Es un perro rabioso. Pero no ladra. Muerde. Sólo muerde. Zarandea la cabeza con violencia, hunde sus uñas en las muñecas del violador y chorros de espuma sanguinolenta adornan sus labios. No tiene miedo a que la botella de vodka se estrelle contra su cráneo. No hay posible respuesta.
-Oh, Dios -gruñe él, antes de desplomarse sin conocimiento.
Paula se incorpora, entumecida, temblorosa. Jadeos. Respiración entrecortada. Parece que sus piernas vuelven a ser suyas, poco a poco. Con el dorso de la mano se enjuga las lágrimas. Se sorbe los mocos. Escupe un pedazo de carne, o piel, o ambas cosas, y mientras intenta mantener el equilibrio valora sus opciones.
Pedir ayuda. O degollarlo con su propia botella de vodka.
[...]
LA SANGRE FLUYE CALIENTE.
La chica, en cambio, es deportista. Sale a correr todos los días, sin falta. Varía la hora en función del trabajo. Su jefe, ese cabrón engreído, ha puesto nuevas tareas a su departamento. Lleva dos semanas llegando a casa a las diez y media de la noche, o más. Bueno, tendrán que bonificarle su valioso tiempo en horas extras, o libres. Paula no es de las que se deja achantar. Piensa reclamar hasta el último céntimo (o minuto).
Son las 23:47 de un miércoles de octubre. Paula está volviendo a casa por el carril bici. Pelo recogido en una coleta, mallas sudadas y Miguel Bosé a toda pastilla en su reproductor de mp3. La verdad es que tiene buena pinta esta noche. A partir del primer hijo algunas mujeres descuidan su cuerpo, pero Paula no.
Ahora viene el tramo siniestro de camino. Hay como seis o siete farolas reventadas, detrás de esos enormes concesionarios. Al otro lado una verja, una franja de descampado y, un poco más allá, la M-40. Paula no se preocupa. Ha pasado por allí montones de veces. Pero hoy es distinto. Detrás de los matorrales, aparece un maromo descomunal y, sin saber cómo ni por qué, Paula acaba en el suelo. Los auriculares se revientan contra el pavimento agrietado. Las rodillas despellejadas. Ella lo mira, asustada.
-No tengo dinero, pero puede llevarse el reproductor de música si quiere.
Es una frase típica de esas peliculas que detesta. El tipejo se ríe. Se ríe. Era de esperar, ¿no? Está encorvado, con la rodilla hincada en el suelo. La tiene sujeta por el cuello, y Paula arruga la nariz. Sudor rancio, de varios días quizá. Alcohol, vómitos. En la otra mano el hombre menea una botella de Eristoff, rota por el culo. Aún puede verse parte de la etiqueta, y los dientes de vidrio reflejan amenazantes la luz de la luna. Paula no puede moverse. Sus músculos no le pertenecen.
-¿Sabes quién es Edmund Emil Kemper? -susurra él.
Goterones de sudor le resbalan por las mejillas sin afeitar. Paula niega con un leve gesto. La manaza le oprime la garganta y la barbilla. Duele.
-¿Nunca has oído hablar de "El cazador de cabezas"? -insiste.
El tipo parece confundido. Balbucea cosas sin sentido. Un hilillo de saliva le resbala por la comisura, mientras habla consigo. La suelta y se incorpora.
-Ven ahí detrás, te lo explicaré.
Agarra la coleta de un tirón y la obliga a levantarse. Sonríe. Le faltan dos dientes. El colmillo superior derecho y el premolar de al lado. Paula tiembla. Quiere llorar, quiere gritar. Salir de allí. Hace un esfuerzo sobrehumano para no mearse encima. David ya le habrá leído el cuento al pequeñajo y la estará esperando en la cama.
El individuo se surca el cabello, grasiento, con las puntas de cristal, como si la manoseada botella fuese un peine. Mientras, arrastra a Paula hasta detrás de los setos y la deja caer sobre un montón especialmente grande de porquería.
-¿Sabes que de niño mató al gato porque éste prefería a su hermana? Qué infancia más dura, de verdad.
-Por favor... -empieza a decir Paula.
-Su abuela fue la primera en morir. Y luego el abuelo. El pequeño Ed adoraba a su abuelo, así que sólo intentó ahorrarle el sufrimiento de ver lo que le había pasado a la abuelita.
El hombre se rasca la entrepierna. Se relame. Mueve el cuello compulsivamente, y tiene un tic en el ojo izquierdo. Es alto, mucho. Y gordo. Paula está terriblemente acojonada, pero intenta fijarse en los detalles. ¿Color de la camisa? Es difícil saberlo a la luz de la luna. Además, está repleta de huellas mugrientas.
-Se hizo famoso por raptar colegialas. Las recogía cuando hacían autoestop, se ganaba su confianza y luego las mataba, las violaba, las descuartizaba. Sus cabezas cercenadas eran trofeos de caza para él.
Bla, bla, bla, y más bla, sobre el asesino aquel. Paula no cree en Dios. Paula cree en su familia, en unas pocas amigas, en el Atlético de Madrid, en las facturas comerciales y en su nómina. Paula reza en silencio. Mentalmente. Quisiera elevar un canto celestial. Pedir perdón por las veces que ha blasfemado, sobre todo después de la muerte de mamá. "Te lo ruego. Oh. Dios. A-yú-da-me".
-Las mataba y luego tenía sexo con ellas. ¿Muy fuerte, no crees?
Paula es víctima de un agarrotamiento tal que sus músculos podrían implosionar en cualquier momento. El tío sigue a lo suyo. Más detalles escabrosos. Al cabo de los minutos, se fija en que Paula llora y cambia el tono.
-Vas a comerme la polla. Si lo haces muy bien, tal vez no te mate.
Paula aprieta los dientes.
Náuseas.
Náuseas.
Se desabrocha la bragueta, lentamente. Junto a las costuras tiene manchas de semen, de bilis y de vete a saber qué más. Su mano derecha no suelta la botella. Tal vez Paula pueda huir. Tal vez el tío no pudiera alcanzarla en una carrera. ¿No? ¿Eso crees? Mejor, ni lo intentes. Demasiado cerca. A Paula se le ha olvidado cómo ponerse de pie. La cremallera llega al final. Él mira la mira a los ojos. Ella no ve. Shock. La boca seca. Los ojos inundados. Un ridículo pene emerge, despacio, grotesco. Seguro que el cabrón es eyaculador precoz.
-Bon appétit.
Campos sembrados de girasoles. Olor a hierba recién cortada. La corriente se desliza con suavidad entre las piedras del río. Bajo los chopos. El sol ocultándose tras las montañas. El cielo. Puro. Rosado, anaranjado, azul, violeta. Montones de estrellas, aunque aquí no las haya.
Porque Paula no está aquí.
El tipo empieza a gimotear de puro gusto y la imágenes se desvanecen. Paula no logra evadirse. La cara de su minúsculo hijo. Lo imagina cogido de la mano de David, en su entierro. "No. ¿Por qué? Por favor. Ya es suficiente. Oh. Señor. No. No. NO. ¡BASTA!".
Y la noche se tiñe de rojo.
Las mandíbulas se tornan fauces. Los dientes hienden la carne con tal violencia que una explosión de sangre inunda su boca. LA SANGRE FLUYE CALIENTE. Nunca olvidará aquellos gritos. No son humanos. Un demonio lanzado de vuelta al infierno. Ahora, Paula tampoco es Paula. Es un perro rabioso. Pero no ladra. Muerde. Sólo muerde. Zarandea la cabeza con violencia, hunde sus uñas en las muñecas del violador y chorros de espuma sanguinolenta adornan sus labios. No tiene miedo a que la botella de vodka se estrelle contra su cráneo. No hay posible respuesta.
-Oh, Dios -gruñe él, antes de desplomarse sin conocimiento.
Paula se incorpora, entumecida, temblorosa. Jadeos. Respiración entrecortada. Parece que sus piernas vuelven a ser suyas, poco a poco. Con el dorso de la mano se enjuga las lágrimas. Se sorbe los mocos. Escupe un pedazo de carne, o piel, o ambas cosas, y mientras intenta mantener el equilibrio valora sus opciones.
Pedir ayuda. O degollarlo con su propia botella de vodka.
[...]
LA SANGRE FLUYE CALIENTE.
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