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viernes, 5 de abril de 2013
miércoles, 20 de junio de 2012
Vámonos de aquí
Hablo con Christian, durante la noche. Estoy de rodillas sobre el primer suelo frío de la estación, con las manos unidas sobre su cama.
-Estoy harta. Vayámonos.
-¿Adónde? -responde bostezando.
-Poco importa.
-¡Vaya idea!
-Estoy harta. Aquí nunca pasa nada. Vámonos. Daremos rienda suelta a los grandes dramas. Vámonos. Ni siquiera noto si mi corazón late.
-¿Qué pasa?
-Nada. Nada. ¡No lo ves: nada! Mi cuerpo estruja a mi espíritu por todas partes. Me las daba de nacida en un mundo y he nacido en un sarcófago cuyas alas se habían desplegado para aparentar una superficie llana, una gran superficie hecha para correr y disfrutar de sus ventajas. Los diez pares de alas de plomo se levantan sin hacer ruido, se alzan sin apenas dar sombra, se vuelven a cerrar como si fuesen brazos, me aprietan como dentro de un simple puño... Me asfixio. Me noto sofocada. Vámonos de aquí. Me descompongo. Me derrito. La vida me abandona, se escurre de mí como por un tamiz. Encallezco. Me fosilizo. Me siento petrificada. Vayámonos. Démonos prisa. Demos la espantada antes de que sea demasiado tarde, rasguemos la envoltura de este capullo tejido por la inacción, cuyos hilos se contraen y se encogen, penetrando en nuestras carnes. Reventemos este firmamento mermado en cúpula. Hagámoslo explotar y huyamos de él a toda prisa. Basta de inmovilismo. Aprisa, con ganas. Vámonos. Cuanto más rápido corramos, más deseo, más necesidad, más impaciencia tendremos.
-¿Qué más da todo eso? Aquí somos felices, tal cual. ¿No eres feliz, aquí, así?
-
Fragmento del 25º capítulo de L’avalé des avalés (traducido como El valle de los avasallados), de Réjean Ducharme.
El libro que lee Léolo a la luz de la nevera.
Lo acabé hace un par de días.
Me lo prestó mi hermana.
Muy recomendable.
-Estoy harta. Vayámonos.
-¿Adónde? -responde bostezando.
-Poco importa.
-¡Vaya idea!
-Estoy harta. Aquí nunca pasa nada. Vámonos. Daremos rienda suelta a los grandes dramas. Vámonos. Ni siquiera noto si mi corazón late.
-¿Qué pasa?
-Nada. Nada. ¡No lo ves: nada! Mi cuerpo estruja a mi espíritu por todas partes. Me las daba de nacida en un mundo y he nacido en un sarcófago cuyas alas se habían desplegado para aparentar una superficie llana, una gran superficie hecha para correr y disfrutar de sus ventajas. Los diez pares de alas de plomo se levantan sin hacer ruido, se alzan sin apenas dar sombra, se vuelven a cerrar como si fuesen brazos, me aprietan como dentro de un simple puño... Me asfixio. Me noto sofocada. Vámonos de aquí. Me descompongo. Me derrito. La vida me abandona, se escurre de mí como por un tamiz. Encallezco. Me fosilizo. Me siento petrificada. Vayámonos. Démonos prisa. Demos la espantada antes de que sea demasiado tarde, rasguemos la envoltura de este capullo tejido por la inacción, cuyos hilos se contraen y se encogen, penetrando en nuestras carnes. Reventemos este firmamento mermado en cúpula. Hagámoslo explotar y huyamos de él a toda prisa. Basta de inmovilismo. Aprisa, con ganas. Vámonos. Cuanto más rápido corramos, más deseo, más necesidad, más impaciencia tendremos.
-¿Qué más da todo eso? Aquí somos felices, tal cual. ¿No eres feliz, aquí, así?
-
Fragmento del 25º capítulo de L’avalé des avalés (traducido como El valle de los avasallados), de Réjean Ducharme.
El libro que lee Léolo a la luz de la nevera.
Lo acabé hace un par de días.
Me lo prestó mi hermana.
Muy recomendable.
lunes, 5 de diciembre de 2011
Léolo
(Esta crítica cinematográfica la publiqué hace meses, en la web Laboratorio de Prensa).
Léo Lauzon no quiere llamarse así. El marido de su madre (su supuesto padre) está loco, al igual que su abuelo y sus hermanos. Pero Léo no está loco. "Parce que moi je rêve, moi je ne le suis pas". Por eso imagina que, en realidad, su progenitor es un siciliano que (mientras se masturbaba mirando a una exhuberante italiana) eyaculó sobre un montón de tomates. Estos acabaron en el mercado de Montreal, donde su madre sufrió un accidente. Cayó sobre la mercancía y quedó embarazada. Desde el momento en el cual esta ensoñación pasa a ser una convicción, Léo exigirá que lo llamen Léolo. Léolo Lozone.
Así empieza esta película, una de las mejores que he tenido el placer de ver. Léolo pertenece a una familia obrera de Montreal. La herencia genética de su abuelo paterno condena a su padre y hermanos al hospital psiquiátrico durante largas temporadas. Lo que Jean-Claude Lauzon nos muestra es una lucha encarnizada contra la locura; cómo podemos combatirla soñando. Esta es la historia de un niño, un soñador, que despierta al mundo y trata de evadirse de su agobiante realidad. Pero también es una brillante metáfora sobre la vida.
Léo Lauzon no quiere llamarse así. El marido de su madre (su supuesto padre) está loco, al igual que su abuelo y sus hermanos. Pero Léo no está loco. "Parce que moi je rêve, moi je ne le suis pas". Por eso imagina que, en realidad, su progenitor es un siciliano que (mientras se masturbaba mirando a una exhuberante italiana) eyaculó sobre un montón de tomates. Estos acabaron en el mercado de Montreal, donde su madre sufrió un accidente. Cayó sobre la mercancía y quedó embarazada. Desde el momento en el cual esta ensoñación pasa a ser una convicción, Léo exigirá que lo llamen Léolo. Léolo Lozone.
Así empieza esta película, una de las mejores que he tenido el placer de ver. Léolo pertenece a una familia obrera de Montreal. La herencia genética de su abuelo paterno condena a su padre y hermanos al hospital psiquiátrico durante largas temporadas. Lo que Jean-Claude Lauzon nos muestra es una lucha encarnizada contra la locura; cómo podemos combatirla soñando. Esta es la historia de un niño, un soñador, que despierta al mundo y trata de evadirse de su agobiante realidad. Pero también es una brillante metáfora sobre la vida.
domingo, 20 de febrero de 2011
martes, 8 de diciembre de 2009
La canción de Bianca
Añadir cualquier explicación sería quitarle magia a esta secuencia. Espero que alguien la disfrute.
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