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domingo, 12 de mayo de 2013

Spin off

El gato abrió la puerta del cuarto empujando con la cabeza. Caminó por el pasillo, levitando sobre sus garras almohadilladas, y olfateó la rendija de la puerta del aseo. Había un puñetera rata allí. Gorda y negra, para más señas.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Fairytale of New York


Canción navideña a cargo de The Pogues.
Recomendación expresa del gran Carlos Vega.

El pasado verano estuve en Londres diez días. Allí, encontré The best of The Pogues.
Tres libras costaba el vinilo, así que se lo traje a mi hermana.
Desde entonces, me quiere un poco más.

Imprescindible.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Anécdota para los nietos

El chico, porque a sus diecinueve años no resulta apropiado catalogarlo como hombre, decía que el chico ensayó contra su antebrazo el beso furtivo, una penúltima vez. Mañana, a la hora de despedirse de ella, giraría el cuello con astucia, resolución, y ¡zas! Ataque sorpresa.

Siempre cabía la posibilidad de que ella reaccionase instintivamente. O bien, esquivando, o bien, soltando un guantazo. Pero si nunca te expones a llevarte una hostia de propina, de ninguna manera podrás contar este tipo de historias a tus nietos.

Arriésgate.

sábado, 22 de enero de 2011

El Cepo

El conserje de mi escuela se llamaba Matías, pero entre el alumnado era más conocido como el Cepo. De ceporro, claro. Un mote perfecto porque, cuando te cogía, el cabrón no te soltaba. Siempre llevaba un mono verde, con manchas de pintura, y una gorra con publicidad de Caja Segovia. Como mi colegio es tirando a cutre, Matías tan pronto pintaba las líneas del campo de fútbol, como arreglaba la instalación eléctrica, o abría y vigilaba la verja a la hora de las entradas y las salidas.

No sé qué edad tendría. ¿Cincuenta y pico? Algunos creían que menos. Cara rechoncha, irregular, papada. Se estaba empezando a quedar calvo. Usaba unas gafas cuadradas de montura gruesa, con unos cristales más gruesos aún. Cuando te agarraba de la pechera y ponía tu cara a la altura de la suya, podías ver gran cantidad de mierda adosada a las lentes. El aliento le apestaba a muerte, o a clorofila, dependiendo de si tenías suerte y él un chicle a mano.

Una vez, mientras me daba la chapa por escupir en el pasillo, me fijé en su barba. No es que se afeitara mal por gusto. Los pliegues de carne sebosa debían ser un estorbo de primera para la cuchilla.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Fauna nocturna madrileña I

Hombres. Casados o pajilleros, o ambas cosas. De entre treinta y muchos y cincuenta y pocos. Calvos, gordos, con perilla y mirada lasciva. Labios encarnados, húmedos porque una viscosa lengua los recorre asiduamente. Una mano sostiene el cubata, la otra no sale del bolsillo. (Quizá alguno se esté acariciando la entrepierna a través del pantalón).

Están ahí, como pasmarotes, en mitad de la pista de baile. No quitan el ojo a las piernas de mis compañeras de clase. Sonrisa sesgada. Tuercen el cuello, comentan algo entre ellos y se carcajean. Me dan asco.

-Están de convención en Madrid, seguro -me susurra Luis al oído (un gran compañero de clase, con 41 tacos y trabajo estable)-. ¿Tú crees que un padre de familia que viva aquí dejaría en casa a sus mujer e hijos para venir a zorrear a este antro?

Ni idea. ¿Cómo se supone que voy a saberlo? Analizando su chocante aspecto, me extraña cada vez más que alguien los esté esperando en casa.

-Solterones salidos. ¿Quién iba a querer emparejarse con estos tiparracos? -sentencio.

Luis menea la cabeza.

-La soledad es una cosas muy jodida, tío. Puede que a día de hoy te la sude, pero, te lo digo por experiencia, cuando llegas a una cierta edad... te acabas agarrando a lo que sea.

[...]

Ahora estoy apoyado en una Yamaha TZR50 (no es mía), con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás. Son las cuatro y media de la madrugada y está helando. La mayoría de la gente se ha cambiado de local en cuanto encendieron las luces. Efe y yo, en cambio, nos hemos tomado un respiro.

-A estas alturas ya acosan menos, ¿eh? -comenta Efe, pensativo.

Sonrío. Es increíble la cantidad de relaciones públicas de locales de medio pelo que puedes encontrarte por Huertas un miércoles de diciembre hacia la medianoche. Nosotros éramos un grupo de más de treinta personas: presa fácil. Los hay para todos los gustos. El argentino, el urugayo, el andaluz, el madrileño, el negrito cachas. La hostia... me da la sensación de que, tras nuestra negativa a acompañarlos, se meten en la primera bocacalle, zigzaguean ligeramente, y vuelven a hostigarnos una decena de metros más allá. Qué energía, qué vitalidad, qué pesados. Tengo la impresión de que hay más "relaciones públicas" que "público" en sí. Aunque, pensándolo bien, tal vez esto se deba a que no pueden estarse quietos. El efecto sensorial de superioridad numérica apabulla.

Y luego están los chinos que venden cerveza. Insistentes. Incansables. Insobornables. Un clásico de la noche madrileña. Una vez estuve a punto de morir de un ataque de risa en la plaza de Santo Domingo. Aún faltaba para que abriesen el metro. Imaginad a seis chavales embriagados y hambrientos debatiendo con el dueño de un kebab. El tipo dice que todavía está cerrado. "Venga, hombre, ¿y ese individuo del turbante? ¿Qué pinta detrás del mostrador si está cerrado?". De pronto, una mujer china se me cuelga del brazo y me dice: "¿Celveza?". Le digo que no con la cabeza, y le explico: "Voy servido, gracias. Lo que necesito es comer algo. ¿No tendrás un bocadillo por ahí?". Me sonríe, radiante. "¿Quieles celveza?".

-Sí, igual tienen que descansar como todo el mundo -me incorporo y miro a Efe-. O eso, o están en Cibeles, engatusando en las marquesinas de los búhos.

[...]

-Escribiré en mi blog al respecto. Esta feroz competencia entre chinos vendedores de cerveza y relaciones públicas es un fenómeno digno de ser estudiado por las más prestigiosas universidades -suelta Efe con sorna, mientras pateamos el gélido asfalto-. Pero tú tendrás que hacer lo propio. ¿Qué me dices?

Antes de que pueda decir que eso está hecho, un chaval de pelo largo, armado con una montaña de flyers, salta de la puerta de un guariche y, sonriendo de oreja a oreja, anuncia:

-¡Chicos, los invito a un "chupitaso" de peché!

viernes, 3 de septiembre de 2010

Bon appétit

Paula aborrece las películas de terror y los noticiarios. Monstruos, asesinatos, robos y violaciones le producen una urticaria de lo más molesta.

La chica, en cambio, es deportista. Sale a correr todos los días, sin falta. Varía la hora en función del trabajo. Su jefe, ese cabrón engreído, ha puesto nuevas tareas a su departamento. Lleva dos semanas llegando a casa a las diez y media de la noche, o más. Bueno, tendrán que bonificarle su valioso tiempo en horas extras, o libres. Paula no es de las que se deja achantar. Piensa reclamar hasta el último céntimo (o minuto).

Son las 23:47 de un miércoles de octubre. Paula está volviendo a casa por el carril bici. Pelo recogido en una coleta, mallas sudadas y Miguel Bosé a toda pastilla en su reproductor de mp3. La verdad es que tiene buena pinta esta noche. A partir del primer hijo algunas mujeres descuidan su cuerpo, pero Paula no.

Ahora viene el tramo siniestro de camino. Hay como seis o siete farolas reventadas, detrás de esos enormes concesionarios. Al otro lado una verja, una franja de descampado y, un poco más allá, la M-40. Paula no se preocupa. Ha pasado por allí montones de veces. Pero hoy es distinto. Detrás de los matorrales, aparece un maromo descomunal y, sin saber cómo ni por qué, Paula acaba en el suelo. Los auriculares se revientan contra el pavimento agrietado. Las rodillas despellejadas. Ella lo mira, asustada.

-No tengo dinero, pero puede llevarse el reproductor de música si quiere.

Es una frase típica de esas peliculas que detesta. El tipejo se ríe. Se ríe. Era de esperar, ¿no? Está encorvado, con la rodilla hincada en el suelo. La tiene sujeta por el cuello, y Paula arruga la nariz. Sudor rancio, de varios días quizá. Alcohol, vómitos. En la otra mano el hombre menea una botella de Eristoff, rota por el culo. Aún puede verse parte de la etiqueta, y los dientes de vidrio reflejan amenazantes la luz de la luna. Paula no puede moverse. Sus músculos no le pertenecen.

-¿Sabes quién es Edmund Emil Kemper? -susurra él.

Goterones de sudor le resbalan por las mejillas sin afeitar. Paula niega con un leve gesto. La manaza le oprime la garganta y la barbilla. Duele.

-¿Nunca has oído hablar de "El cazador de cabezas"? -insiste.

El tipo parece confundido. Balbucea cosas sin sentido. Un hilillo de saliva le resbala por la comisura, mientras habla consigo. La suelta y se incorpora.

-Ven ahí detrás, te lo explicaré.

Agarra la coleta de un tirón y la obliga a levantarse. Sonríe. Le faltan dos dientes. El colmillo superior derecho y el premolar de al lado. Paula tiembla. Quiere llorar, quiere gritar. Salir de allí. Hace un esfuerzo sobrehumano para no mearse encima. David ya le habrá leído el cuento al pequeñajo y la estará esperando en la cama.

El individuo se surca el cabello, grasiento, con las puntas de cristal, como si la manoseada botella fuese un peine. Mientras, arrastra a Paula hasta detrás de los setos y la deja caer sobre un montón especialmente grande de porquería.

-¿Sabes que de niño mató al gato porque éste prefería a su hermana? Qué infancia más dura, de verdad.

-Por favor... -empieza a decir Paula.

-Su abuela fue la primera en morir. Y luego el abuelo. El pequeño Ed adoraba a su abuelo, así que sólo intentó ahorrarle el sufrimiento de ver lo que le había pasado a la abuelita.

El hombre se rasca la entrepierna. Se relame. Mueve el cuello compulsivamente, y tiene un tic en el ojo izquierdo. Es alto, mucho. Y gordo. Paula está terriblemente acojonada, pero intenta fijarse en los detalles. ¿Color de la camisa? Es difícil saberlo a la luz de la luna. Además, está repleta de huellas mugrientas.

-Se hizo famoso por raptar colegialas. Las recogía cuando hacían autoestop, se ganaba su confianza y luego las mataba, las violaba, las descuartizaba. Sus cabezas cercenadas eran trofeos de caza para él.

Bla, bla, bla, y más bla, sobre el asesino aquel. Paula no cree en Dios. Paula cree en su familia, en unas pocas amigas, en el Atlético de Madrid, en las facturas comerciales y en su nómina. Paula reza en silencio. Mentalmente. Quisiera elevar un canto celestial. Pedir perdón por las veces que ha blasfemado, sobre todo después de la muerte de mamá. "Te lo ruego. Oh. Dios. A-yú-da-me".

-Las mataba y luego tenía sexo con ellas. ¿Muy fuerte, no crees?

Paula es víctima de un agarrotamiento tal que sus músculos podrían implosionar en cualquier momento. El tío sigue a lo suyo. Más detalles escabrosos. Al cabo de los minutos, se fija en que Paula llora y cambia el tono.

-Vas a comerme la polla. Si lo haces muy bien, tal vez no te mate.

Paula aprieta los dientes.

Náuseas.

Náuseas.

Se desabrocha la bragueta, lentamente. Junto a las costuras tiene manchas de semen, de bilis y de vete a saber qué más. Su mano derecha no suelta la botella. Tal vez Paula pueda huir. Tal vez el tío no pudiera alcanzarla en una carrera. ¿No? ¿Eso crees? Mejor, ni lo intentes. Demasiado cerca. A Paula se le ha olvidado cómo ponerse de pie. La cremallera llega al final. Él mira la mira a los ojos. Ella no ve. Shock. La boca seca. Los ojos inundados. Un ridículo pene emerge, despacio, grotesco. Seguro que el cabrón es eyaculador precoz.

-Bon appétit.

Campos sembrados de girasoles. Olor a hierba recién cortada. La corriente se desliza con suavidad entre las piedras del río. Bajo los chopos. El sol ocultándose tras las montañas. El cielo. Puro. Rosado, anaranjado, azul, violeta. Montones de estrellas, aunque aquí no las haya.

Porque Paula no está aquí.

El tipo empieza a gimotear de puro gusto y la imágenes se desvanecen. Paula no logra evadirse. La cara de su minúsculo hijo. Lo imagina cogido de la mano de David, en su entierro. "No. ¿Por qué? Por favor. Ya es suficiente. Oh. Señor. No. No. NO. ¡BASTA!".

Y la noche se tiñe de rojo.

Las mandíbulas se tornan fauces. Los dientes hienden la carne con tal violencia que una explosión de sangre inunda su boca. LA SANGRE FLUYE CALIENTE. Nunca olvidará aquellos gritos. No son humanos. Un demonio lanzado de vuelta al infierno. Ahora, Paula tampoco es Paula. Es un perro rabioso. Pero no ladra. Muerde. Sólo muerde. Zarandea la cabeza con violencia, hunde sus uñas en las muñecas del violador y chorros de espuma sanguinolenta adornan sus labios. No tiene miedo a que la botella de vodka se estrelle contra su cráneo. No hay posible respuesta.

-Oh, Dios -gruñe él, antes de desplomarse sin conocimiento.

Paula se incorpora, entumecida, temblorosa. Jadeos. Respiración entrecortada. Parece que sus piernas vuelven a ser suyas, poco a poco. Con el dorso de la mano se enjuga las lágrimas. Se sorbe los mocos. Escupe un pedazo de carne, o piel, o ambas cosas, y mientras intenta mantener el equilibrio valora sus opciones.

Pedir ayuda. O degollarlo con su propia botella de vodka.

[...]

LA SANGRE FLUYE CALIENTE.

sábado, 29 de mayo de 2010

Enjambre

La palabra ABRIL aparece impresa en los calendarios, pero el termómetro de la marquesina del bus marca 30 grados. Estoy sudando. No puedo apartar la mirada de ese hormiguero. El parque de enfrente de mi casa está invadido por estos nidos. Se asemejan a redondos coños de arena, coños enfermos. Una hilera de hormigas me corta el paso. Es una interminable serpiente, espasmódica y negruzca. No deja de moverse. Siento arcadas.

Anteayer, en la 2, emitieron un documental sobre hormigas (o formícidos, como dijo el narrador). Aportaba un sinnúmero de datos y sesudas estadísticas. Que si son unos insectos himenópteros sociales, que si se conocen más de 12.000 especies distintas, que si se calcula que pueden suponer en torno al 25% de la biomasa total de animales terrestres... Un resumen. Son unos bichejos prehistóricos. Fertilizan la tierra. Favorecen el control biológico de algunas plagas. No obstante, pueden convertirse en plaga. Sirven como alimento. Se organizan socialmente de forma tan increíble que sus estructuras sociales han sido sometidas a multitud de estudios. Bueno, creo que ya es suficiente.

Aprendizaje. Evolución. Adaptación. Logística. Comunicación. Mentalidad trabajadora. Cooperación. Repugnancia.

[...]

El vaso de vino revienta contra las baldosas de la cocina. Cientos de minúsculos fragmentos se desperdigan por la sala, antes incluso de que se apague el sonido del impacto. Cojo un rollo papel de cocina, del "super absorbente" que anuncian en la tele, y saco la escoba del armario. Luego, me tocará fregar. Me agacho a recojer los trozos de vaso, con cuidado de no cortarme. Entonces la veo. Una minúscula hormiga roja zigzaguea bajo las patas de la mesa. ¿Qué coño hace aquí?

Tumbado en la cama, las veo subir y bajar por las paredes. Salen en tromba de la grieta por donde asoma y cuelga el cable de la lámpara. Trepan por las sábanas. Mordisquean el colchón. Escucho millares de patas (sucias y articuladas) acercándose. Se me suben por las piernas. Se introducen en mis orejas. Trato de levantarme. ¡Huir! Tengo que salir de este cuarto.

Ahora, la implacable marabunta me somete a voluntad. Tengo hormigas bajo los párpados, en el paladar, en la garganta, en los pulmones. Pellizcando mi glande con sus repulsivas tenazas. Metiéndose por mi culo como una expedición de colonos salvajes. La marea inunda mis fosas nasales. No logro ver nada, aunque sí escucho un atronador rugir de chasquidos y correteos. Dentro de poco, sólo habré dejado al mundo un esqueleto deslucido.



Me lavo los dientes con ferocidad, hasta que me sangran las encías. Es mi quinto cepillado en diez minutos. En efecto, no era más que un estúpido sueño, pero siento como si aún quedasen un puñado de himenópteros asesinos dentro de mi cuerpo. Tendré que purgarme. Mientras me provoco el vómito, decido acabar con el problema.

[...]

-Ya se lo dije antes, había uno de esos descomunales hormigueros dentro del parque infantil. ¿Tiene idea de la cantidad de pequeñas hijas de puta que caben ahí? Nos están invadiendo. No, no ponga esa cara y escuche. ¿Sabe que hay entre mil y diez mil billones de hormigas ahí fuera? ¿Conoce la proporción hormiga-persona? Están preparadas para ocupar nuestro puesto en la cadena trófica. Estamos hablando de un asunto serio. Alguien tenía que hacerlo.

No sé qué cojones le pasa a todo el mundo. Simplemente erradiqué la plaga. Las hice volar por los aires. ¿Es que nadie más se da cuenta? El día menos pensado empezarían a invadir nuestros apartamentos. Pero no, claro, a esta gente le preocupa más una ridícula bomba casera que una amenaza real para la supervivencia del ser humano. No debería extrañarme. Es típico de una sociedad en decadencia.

-¿No va a asumir la responsabilidad de lo que ha hecho? -me pregunta el tío.

Fue una explosión magnífica. Coloqué el paquete sobre aquel agujero infecto, subí a mi casa, me serví un trago de brandy, me acodé en el balcón, apreté el dispositivo de control remoto y disfruté del espectáculo. ¡A tomar por culo, criaturas del demonio!

-Han muerto cuatro niños y una mujer. Hay un total de ocho personas hospitalizadas con quemaduras y trozos de metralla incrustados en el cuerpo -el tipo continúa balando, como una oveja temblorosa.

Mi vista está fija en un punto situado sobre la mesa, a unos sesenta centímetros de mi cara. Una hormiga obrera se pasea impunemente por la superficie metalizada. La aplasto violentamente con un rápido manotazo. El policía situado al otro lado de la mesa se me queda mirando, boquiabierto, sin saber cómo reaccionar.

Maldita sea, este tío no se entera de nada.

sábado, 27 de marzo de 2010

Parecía una noche como cualquier otra

La arcada sorprendió a Edu justo en la entrada del baño. El vómito ascendió por su garganta. Cayó de rodillas y terminó de potar junto al quicio de la puerta. Había tomado un menú Whopper tres horas y media atrás. En ese preciso instante, varios trozos de tomate verdoso, otros de ternera dura como una suela de zapato y algunas patatas demasiado fritas adornaban la parte delantera de sus pantalones y su camiseta. Edu tosió un poco para sacarse de la garganta otro pedazo de hamburguesa. Lo escupió sobre el charco de vómito.

Se incorporó con dificultad, apoyándose en las paredes del baño. Estaban tan cubiertas de mugre como el resto del guariche. Echó un vistazo rápido a los cagaderos vacíos. Edu pensó que era una putada haber vomitado a la entrada del lavabo, pero no se sentía culpable. Las inmundicias habían escapado de su boca sin avisar. Se miró en uno de los espejos. Su cara parecía esculpida en mármol, con la salvedad de las dos profundas grietas amoratadas que tenía bajo las cuencas oculares. En conjunto, aquellas ojeras y aquellos ojos hundidos le otorgaban un aspecto cadavérico. Su cabeza giraba vertiginosamente.

Tal vez había esnifado demasiado disolvente. Sí, seguro que todo era culpa de inhalar mierdas. La botella de ginebra barata no podía estar implicada. De pronto, se le aflojaron las tripas, así que embistió contra la puerta del último retrete de la fila y se sentó apresuradamente. Lo que vino a continuación es algo desagradable, por lo que el lector sensible puede obviar el resto del párrafo. El culo de Edu estaba bañado en sudor. La puerta del lavabo se abrió de golpe y entraron un par de chavales, pero ni se enteró. Estaba sumido en una auténtica espiral de pedos líquidos y cagarrutas delgadas y oscuras. Vomitó un poco más entre sus piernas.

Al cabo de veinte minutos, Eduardo salió del baño con la cara limpia. El pelo, la camiseta y los vaqueros empapados. Buscó a sus colegas con la mirada. Sólo vio a Carlos apoyado en una columna; tenía los ojos desorbitados y un vaso de tubo en la diestra.

-¿Dónde coño estabas? Pensé que te había dado un chungo.

-Eh, estoy bien.

-¿Hay duchas ahí dentro? -preguntó Carlos observando fijamente el cerco de agua que Edu estaba dejando alrededor de sus zapatillas.

Carlos acababa de tragar dos sellos embadurnados de ácido. Dentro de poco empezaría a vislumbrar colores palpitantes por todos lados. A escuchar rítmicos sonidos provenientes de ninguna parte. Apuró el cubalibre de un trago y lo dejó caer al suelo. No resultaba muy inteligente mezclar alcohol con LSD.

-Voy a follarme a esa.

Y se fue en dirección a una rubia bajita que meneaba las caderas un par de metros más allá. Edu se sorbió los mocos y barajó las opciones que tenía. O se quedaba en el local, a riesgo de amodorrarse, o se piraba. En el primer caso, los alicientes eran ver cómo la rubita mandaba a paseo a su amiguete, sentarse y esperar a que se le asentase el estómago, o comprobar si quedaba alguno más de la panda allí dentro. No era suficiente. Sin despedirse de su colega, subió las escaleras que llevaban al exterior.

Los relojes marcaban algo más de las cinco. El aire era fresco pese a estar a mediados de junio. Edu se frotó los brazos con energía. Caminó distraídamente un poco en línea recta; luego, callejeó con la esperanza de toparse con algún conocido, sobre todo del género femenino. Un repentino soplo de aire le hizo estremecerse en un cruce. Sopesó la opción de tomar un atajo hacia "La gruta", pero un poco más allá vio a un grupo de navajeros. Mala gente. Mejor coger el camino largo y evitar alguna que otra puñalada.

Estaba llegando al bar de su colega cuando reparó en Eva. Justo allí. ¡Vaya suerte, señores! Estaba preciosa (pese al pelo alborotado, el carmín desgastado y el rímel corrido). Edu supuso que la noche de Evita habría sido ajetreada. No la culpaba por ello. Era una chica encantadora; normal que todos los tíos perdiesen el culo por ella. En su caso... bueno, su caso era diferente: él estaba profundamente enamorado. Aunque, claro, esto no quiere decir que no se liase con otras. Edu sabía que su amor rozaba el platonismo, y también que era demasiado joven como para andar puteado por algo así. Se limitaba a enrollarse con ella, de vez en cuando, y cagarse en la puta madre de todos aquellos que se la follaban. Obviamente, él nunca lo había hecho. No por falta de ocasiones, o ganas, sino porque era un romántico empedernido. Creía en el amor verdadero y esas cosas.

Reparó en que le sabía la boca a vómito. Se recorrió los dientes con la lengua y escupió un par de veces sobre la acera. Manoseó torpemente su cabello, esbozando su mejor sonrisa. Un momento, ¿a quién quería engañar? Su aspecto era lamentable. Deseó largarse de allí sin ser visto, pero...

-¡Eduuuu!

Mierda, ella lo había reconocido. No existía ninguna escapatoria. Levantó la cabeza, haciéndose el sorprendido, y saludó con un gesto exento de convicción. Eva corrió hacia él, indómita y salvaje. Increíble.

-No te he visto en toda la noche. ¿Habéis ido al Atomic al final, no? -preguntó Eva, mostrando todos sus dientes al sonreír.

-Sí, uh, llegamos bastante tarde. Tuvimos que recoger a Pedro en la estación, y luego llevar a Toño a por una entrega, ya sabes. Una locura -respondió Eduardo, manteniendo las distancias. Lo último que quería era deleitarla con su penetrante hedor, mezcla de jugos estomacales y sudor.

Eva pareció no advertir el alejamiento intencionado de Edu, porque se acercó aún más. Lo cogió de la mano y lo llevó hasta un portal, con tres escalones a la entrada. Se sentaron en el segundo. Ella empezó a relatar su noche. La habían abordado seis o siete tíos, no recordaba el número exacto. Se había liado con tres, pero iba tan borracha que al poco tiempo de empezar a magrearse con el segundo le había echado la raba encima. Los chupitos gratis de tequila eran los culpables. El tercero no podía considerarse rollo siquiera. Al primer contacto bucal, Eva le transfirió un pedacito de comida a medio digerir y el tío puso pies en polvorosa con cara de asco. Eduardo se reía con ganas, le alegraba mucho esta circunstancia en especial. Eva disfrutaba viendo desternillarse a Edu. Parecía adorable.

Al cabo de media hora ambos tenían el culo frío. Llevaban un rato sin hablar, sólo mirándose. La conversación había surgido en torno a las actividades nocturnas, pero había derivado en una serie de pensamientos etéreos. Hablaron sobre la vida y la muerte, el universo, las drogas, el amor y el sexo. La eternidad. Y la conexión entre ambos se hizo patente. Cuando se conecta con alguien no hace falta decirlo. Las dos personas se dan cuenta en el acto, entre ellas se crea un vínculo muy íntimo.

Eduardo pensó que nunca había sentido nada tan fuerte por Eva como en aquel preciso instante. Eva supo que Edu no era uno más. Decidió que no saldría más por ahí "a lo destroyer" para paliar su arraigado sentimiento de soledad, de desamparo. No volvería a buscar en brazos extraños el cariño que no tenía. Vio en los ojos de aquel chico todo el cariño que podía necesitar. Y, como no podía ser de otra forma, se besaron. Fue un beso con sabor a bilis y a hamburguesa, pero os aseguro que fue el beso más apasionado en el que jamás había participado ninguno de ellos. Un beso de la hostia.

[...]

Más tarde subirían juntos a la casa de Eva. Se desnudarían en silencio, se acariciarían con las manos y con las miradas. Se amarían durante horas. Pero eso ya es otra historia. Además, no quisiera invadir la privacidad de nadie con detalles íntimos. Eso sí, debéis saber que, tras aquella maratoniana sesión de pasión, Eduardo se prometió que nunca más volvería a drogarse. Después de todo, con una adicción es más que suficiente. Y la suya tenía piso propio, ¡y una cama enorme!

sábado, 6 de marzo de 2010

(Terremoto) Sobre el instinto de conservación

El crujido de la placa de yeso al quebrarse anticipó el derrumbe de la sección del techo que aún no se había desprendido. Un hombre menudo, moreno, de rostro vulgar, y cuyo nombre carece de importancia, pegó la espalda contra la pared y contuvo la respiración. Desde allí, contempló cómo los escombros se desparramaban sobre la alfombra. La montaña de cascotes, que ahora presidía el comedor, era de un tamaño considerable.

Inspiró y expiró trabajosamente, se santiguó y reanudó su quehacer. Aquella ruinosa vivienda pedía a gritos que la saqueasen. Colgado al hombro portaba un deteriorado saco de patatas. De la habitación contigua salieron dos compañeros. Cargaban con un viejo televisor Royal en blanco y negro. En aquella barriada, no albergaban esperanzas de encontrar algo más valioso.

Pese al toque de queda (dictado horas atrás por el Gobierno chileno), la población se mostraba inquieta. Corría el rumor de que ya no quedaba agua potable ni gasolina, en Concepción. Muchos se echaron a la calle, invadidos por ese sentimiento de miedo colectivo. Familias al completo colándose en la casa del vecino -derruida o no- para adueñarse de las pertenencias de valor que hubieran sido "abandonadas". La otra cara del doblón reflejaba a quienes protegían sus posesiones armados con palos, cuchillos e, incluso, armas de fuego.

[...]

Nuestro estimado ratero estaba agenciándose una elegante cubertería de boda, cuando escuchó el gemido. Provenía del fondo de una escombrera. Durante un fugaz segundo, los músculos se le agarrotaron y permaneció en el sitio, petrificado. Aguzó el oído: parecía un bebé. Fuera, sus compinches empezaron a silbar. Eso significaba que los soldados ya venían por la calle principal, los tenían casi encima. "Tienen orden de disparar al cuerpo si es necesario", o eso decía la prensa. Enormes rifles de asalto.

El saqueador se dio media vuelta y echó a correr hacia la salida. El tintineo proveniente del saco ahogó los lamentos de la criatura sepultada.

lunes, 1 de marzo de 2010

(Clima) Historias de la EMT

Adriana esperaba al autobús desde hacía media hora. El contexto: lluvia torrencial y una ventolera de mil demonios; en definitiva, un ambiente de lo más desagradable. Bajo la marquesina cada vez había más y más gente. Las ancianas que venían de la frutería maldecían a gritos. Adri cogió el mp3 y buscó Extremoduro, quería evadirse. No obstante, al poco rato, y ante la insistencia chillona de la mujer del carrito de la compra con estampado rústico (¡toma ya!), Adriana comprobó (por cuarta vez en tres minutos) la tabla donde venía apuntada la frecuencia de paso de los autobuses. Entre cinco y ocho minutos. Madre del amor hermoso, qué estafa. Por fin, doblando la calle apareció el autobús y la gente suspiró aliviada.

-Ahora me va a oír ese sinvergüenza -dijo alguien con una voz muy antipática-. Ja, pues menuda soy yo.

Mientras las viejas despotricaban con saña contra el indefenso conductor, Adriana aprovechó la ocasión para hacer uso del abono mensual y escabullirse hacia la parte trasera del vehículo. Se sentó en la penúltima fila y apoyó su cabeza contra el cristal empañado. La gente podía llegar a ser de lo más agria. Es decir, claro que a ella también le jodía esperar treinta y tantos minutos bajo la lluvia para coger un puñetero autobús. Pero no por ello iba a pagar sus frustraciones con un pobre chaval que no tenía culpa de nada. La cadencia de salida de los buses era preestablecida por radio, vamos, eso pensaba ella. Clavó la mirada en la chepa de un par de viejas brujas que aún refuñaban más allá. Luego, cerró los ojos y suspiró.


En la última fila de ese mismo autobús, dos hombres cuchicheaban con la cabeza gacha. Uno de ellos calentaba un papel de plata con el mechero; el otro sostenía un tubito de metal entre los dedos. Tenían las manos roñosas. La mezcla que estaban preparando es conocida comúnmente como un arrebujao; o lo que es lo mismo, una mezcla de cocaína en base y heroína, un par de micras de cada. Estos dos tíos aparentaban los cincuenta años, pero ninguno llegaba a los treinta y cinco. No pretendían molestar a nadie, simplemente necesitaban un lugar cubierto donde pillarse el colocón.

Ese olorcillo característico que desprende la gota al "cocinarse" se desplazó hacia la fila delantera. Adriana abrió los ojos, se giró discretamente y volvió a cerrarlos en el acto. De no ser porque se moría de vergüenza, se hubiese cambiado de asiento. No obstante, aguantó el tipo, limpió con el dorso de la mano el vaho del cristal y se concentró en las farolas de ahí fuera. Mentalmente, contó las paradas que faltaban hasta la suya.

Una vez en casa, buscó a su padre y le contó lo sucedido. Estaba preocupada, siempre había sido un poco hipocondríaca. Tal vez, al inhalar el humillo resultante de la cocción, parte de la droga se había adosado a su organismo. Uf, seguro que ocurría algo así. Las cosas empezaban a darle vueltas, y más vueltas. De repente, se encontraba muy mal.

-No, hija mía, no -respondió el padre riendo-. Lo que coloca es el vapor que inhalan mediante el tubo. Si fuese como tú dices, la parte de atrás del bus estaría siempre llena de gente.

domingo, 28 de febrero de 2010

(Clima) Viaje de vuelta e ida

En el semáforo, la estoica silueta de un hombrecillo color rojo brillante. Las calles estaban prácticamente desiertas. Por la noche, el clima en la ciudad era hostil. Un vejete decrépito se apoyaba a duras penas en su bastón. Miró a izquierda y a derecha, pero ningún vehículo iba a aparecer en los próximos minutos. (La utilidad de un semáforo, en una calle por la que casi nunca pasan coches, es un misterio). Pese a que podía cruzar sin peligro, el anciano no hizo un solo movimiento. Esperó pacientemente a que el hombrecillo verde relevase al rojo. De todas formas, lo último que quería era volver a casa.

Caminó con dificultad por la acera mojada. La humedad y las ráfagas de viento de la sierra habían acentuado sus dolores reumáticos, en los últimos días. El cielo era una manta arrugada de tinte ámbar, y la lluvia ofrecía una tregua momentánea. El viejo encorvado sufrió un ataque de tos al llegar a su portal. Se apoyó en la pared para recobrar el aliento. Ochenta y seis años, ya. Sesenta y dos de los cuales había compartido con Ágata, su esposa. Su carcelera. Rememoró tiempos mejores mientras su respiración se acompasaba. Añoró la juventud perdida.

La llave le temblaba en la mano. Su pulso ya no resultaba fiable, por así decirlo. Don Gerardo, una eminencia según su esposa, le había diagnosticado Parkinson. Tras mantener una silenciosa pelea contra sus propios temblores, por fin, logró incrustar la llave en la cerradura. Dentro, el ambiente estaba sobrecargado, apenas se podía respirar. Nuestro vetusto amigo pensó con amargura que acababa de introducirse en un microclima, como los que había en el zoológico; concretamente, en la jaula de las hienas.

Su mujer parecía a punto de hundirse en el sillón, pero sus garras, asidas con fuerza a los reposabrazos, la mantenían a flote. Era prisionero de una dictadora con gafas de pasta, pelusa grisácea sobre el labio superior y un rostro con la textura de una remolacha.

-¿Se puede saber de dónde vienes, calzonazos?

El anciano cerró la puerta con delicadeza, y aguantó el chaparrón. En aquella penumbra, sus ojos se mantenían fijos en las puntas de sus zapatos. Fijos y cada vez más húmedos.

-Manda narices la cosa. Todos los días me haces lo mismo. Te largas por ahí después de cenar y no se sabe nada más de ti hasta las tantas. ¿No te da vergüenza dejar a tu pobre esposa aquí sola, con la cantidad de gentuza que hay suelta? Pues nada. Está claro que al señor le sudan los cojones. Seguro que te vas de putas, o algo así, porque si no, no me lo explico. ¿A qué viene esa manía de pulular a estas horas? Que estás hecho una pena, Ramiro, que lo sabes muy bien. Que cualquier día te escoñas y "amén, Jesús". Lo que tienes que hacer es quedarte quietecito en casa y no moverte, pero tú erre que erre. Ni caso, como siempre.

Etcétera, etcétera, etcétera. El viejo dejó de escuchar. Esa vieja arpía quería enterrarlo en vida. Pues ni hablar. No iba a consentirlo, seguiría tomando diariamente sus dosis de libertad mientras tuviese fuerzas para caminar.

-Me voy a la cama -informó Ramiro-. Que descanses.

-Eres un desgraciao.

Una vez arrebujado entre las sábanas, Ramiro dejó a su mente volar hacia cada instante feliz de su vida. Cada momento que había merecido la pena de aquellos ochenta y seis años. Se vio montando en bicicleta con Joaquín y otros chavales del pueblo, cazando ranas en la poza, jugando con la escopeta de corcho, y luego haciendo la instrucción en Aranjuez, escribiendo cartas de amor a una joven Ágata, amándola apasionadamente en el pajar, bebiendo orujo de hierbas hasta caer doblado sobre la mesa (porque una apuesta es una apuesta), viajando a Roma, a Bruselas, a Berlín, a Nápoles, viendo crecer a sus dos mocosos, Leandro y José Luis, cómo los quería... Así permaneció durante un par de horas. De fondo, se escuchaban los ronquidos de Ágata y al vendedor de la teletienda anunciando una máquina para trocear hortalizas, pero Ramiro sólo atendía a las voces de su pasado.

Poco a poco, se fue quedando dormido. Tenía una sonrisa en los labios cuando su corazón se detuvo. "Su mirada, dulce y gris, voló".

lunes, 15 de febrero de 2010

Nieve: Zarzalejo me cambió la vida

Lo reconozco, estoy muy gordo. El médico me advirtió hace un par de meses de que mis 147 kilos acortarían considerablemente mi esperanza de vida. El riesgo de infarto se multiplica si tienes las venas colapsadas por colesterol de la peor clase. Pero seré franco, me sentía en plena forma. Para mí la apariencia física no es más que una gilipollez, un resultado más del consumismo y del culto al cuerpo. Y por la que no pensaba renunciar a esas apetitosas bambas de nata; ni a untar el aceitillo sobrante de las frituras; ni a la mayonesa, salsa barbacoa o roquefort; ni a ninguno de mis otros grasientos (y suculentos) vicios culinarios. Además, los problemas de salud son para los viejos, y yo aún tengo 35 años. El problema es que, en este preciso instante, creo que estoy al borde del infarto. Siento como si tuviese un yunque sobre mi esternón. Ahora sí que estoy asustado.

Los sanitarios del UNO UNO DOS me hacen sentarme el la parte trasera de la ambulancia: la puerta está abierta. Mientras me examinan, dejo que mis ojos deambulen por la calzada. Los copos caen oscilantes sobre la carrocería de los vehículos empotrados que bloquean ambos carriles y humean en silencio. La colisión se produjo a eso de las 11:07. Un Audi A4 blanco patinó sobre las placas de hielo y se fue directo al arcén; el coche que le seguía, un Fiat Punto rojo no pudo esquivarlo y se lo comió. Fue un choque en cadena. Me empotré contra ellos, y pensé que se me había partido el cuello cuando otro vehículo descontrolado chocó con el culo de mi pobre Seat. Alguien me ayudó a salir del coche. La puerta del conductor estaba encajada, así pues tuvieron que sacarme por la del copiloto. Qué vergüenza.

El sanitario me dice que no sufro ninguna herida de consideración, así que le doy las gracias y me acerco a mi automóvil. Siniestro total; justo dos semanas después de que le cambiase el seguro, de todo riesgo a terceros. Maldigo mi estampa. A mi alrededor, no parece que haya ningún herido grave; la gente forma corrillos y habla agitadamente. Algunos llaman a sus familiares para darles la noticia. También hay quien se recuesta en un capó abollado y se fuma un pitillo con los ojos cerrados.

high angle view of cars on a freeway driving in fog


La nieve sigue cayendo lenta, inexorable. Tengo los dedos agarrotados y me cuesta muchísimo subir la cremallera del abrigo. La nariz me gotea. La nieve empieza a cuajar sobre mi barba, mientras me acerco al arcén. Reparo en una placa de hierro retorcida. La recojo del suelo. Joder, sólo me he agachado y ya tengo el corazón a mil por hora... A la mierda, en cuanto llegue a casa me desharé de toda la comida basura que tengo almacenada. Voy a empezar a cuidarme; en serio, una experiencia tan radical -en un paisaje tan bucólico- me ha hecho replantearme el valor de mi existencia. Jadeando con levedad examino el cartel arrancado: M-533, km 7.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Corre

Tengo que correr más. Ese hijo de puta es muy rápido. Hace un frío exagerado y está amaneciendo. El suelo patina un poco porque el rocío matinal se ha convertido en una traicionera capa de escarcha. No me gustaría resbalar ahora. Si cayese al suelo el policía se me echaría encima en un abrir y cerrar de ojos. No quiero que me abra la cabeza con su porra reglamentaria.

Doblo la esquina resoplando y miro hacia atrás. El tipo sigue ahí. "¡Quieto maricón!", me increpa. No parece cabreado, más bien expectante. Desde luego, tiene mejor fondo físico que yo. Me temo que podrá mantener ese trotecillo cochinero durante al menos media hora. Seguro que está esperando a que me agote antes de alcanzarme. Así le resultará más fácil darme de hostias. Cabrón retorcido. No me siento con fuerzas suficientes como para aguantar ni cinco minutos. Si pudiese esprintar, tendría una oportunidad, pero me acojona mucho la perspectiva de escurrirme y que el poli me machaque.

Enfilo por la calle de los Destiladores y me dirijo hacia las escalinatas de los yonquis. No creo que haya muchos, hace un frío de la hostia. He oído en el telediario que las temperaturas van a rondar los menos cinco grados. El poli me está poniendo verde. Supongo que está hasta los cojones de perseguir a un puto niñato por unas calles vacías y heladas. Me encantaría mandarlo a tomar por culo. Desgraciadamente soy un cagado, en especial si estoy a punto de ser trincado.

Los escalones tienen pequeños depósitos de nieve pisada, endurecida. Me voy a caer, lo veo venir. Antes de llegar disminuyo un poco la velocidad y salto. Joder, vaya salto que pego. Me veo a mí mismo volando por los aires como un ave. Un ave medio desplumada, hambrienta, cansada y sin brillo, vale, pero eso no le resta magia al momento. Milagrosamente, aterrizo de pie en el primer rellano de la escalinata. ¡Bua, qué subidón! La sangre me martillea los tímpanos, tengo la adrenalina desatada y me la suda el policía. ¡Puedo volar!

El madero ha debido alucinar con mi demostración de vuelo acrobático. Supongo que se creerá que el enlosado está seco. Llega al borde, salta y... ZASCA. Menudo hostión que se mete. No puedo evitar descojonarme en su cara. No eres un pájaro, tío. Bajo los dos tramos de escalera restantes con cuidado y me volteo. El madero se retuerce de dolor y no para de soltar tacos. Creo que se ha roto un brazo, una pierna o algo. ¿Está sangrando? ¿Y a quién le importa?

Silbo y me largo con el ánimo jubiloso. Me encanta esa expresión, es super pedante. La saqué de un viejo libro que estaba tirado en el apartamento del Cabeza. No recuerdo el autor, pero las páginas parecían a punto de desintegrarse. Creo que su única labor por aquella época era la de acumular polvo bajo el sofá del salón. Entre birra y birra lo hojeaba con curiosidad. Hasta que un día, cortaron el suministro de luz y gas del piso (el Cabeza usaba las facturas para limpiarse el culo) y aquel pequeño centro de cultura acabó alimentando una hoguera encendida en la bañera.

Ahora sólo pienso en volver a casa, y meterme en la cama. El sol comienza a asomar por encima de las azoteas. Tal vez no sea dueño de mi vida, pero esta sensación que me invade se parece mucho a la libertad.

Wintery Urban Scene

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Dobles vidas

Tenía veintiún años. Llevaba desde los catorce, justo cuando le empezó a salir barba, escuchando la misma cantinela. "Ya estás hecho todo un hombre". Pues no estaba de acuerdo, en absoluto. No había madurado lo suficiente. Por el momento, lo único que le importaba más que su futura licenciatura en filología hispánica era mantener estable su nivel de ingresos. Se sentía un poco inquieto. Hacía días que no le llamaban desde la agencia de citas.

El telefonó interrumpió su duermevela. Miró el reloj. Eran las 02:12 de la madrugada.

-¿Diga?

Cogió una vieja agenda que guardaba en el cajón de la mesilla. Con impaciencia, arrancó una hoja cualquiera (el doce de febrero de algún año ya vivido) y apuntó la dirección.

Cuando se requerían sus servicios amatorios, ponía en práctica su estudiado ritual de preparación. Treinta flexiones. Cincuenta abdominales. Ducha fría. Selección de ropa interior sugerente -a gusto de la demandante-. En efecto, algunas veces le mandaban apuntar alguna fantasía o deseo expreso de la clienta, junto a la dirección de la misma. A continuación, se tomaba un par de tragos de ginebra para darse fuerzas. Terminaba de vestirse, se miraba al espejo y salía de casa con el pie derecho. Luego, bajaba las escaleras de tres en tres y atravesaba el portal con expresión decidida, pero lleno de dudas.

En esta ocasión, la dirección anotada quedaba cerca y no le apetecía coger un taxi, así que comenzó a caminar calle arriba. Aspiró una bocanada de aire húmedo y fresco. Al expirar, su aliento se condensó en una espesa nube de vapor. Entonces, recordó lo mucho que le gustaba deambular en la noche. La acera estaba cubierta de minúsculas gotas de agua...

Iba pensando que las personas que se prostituyen están estigmatizadas socialmente. Ése era el motivo por el cual preservaba al máximo su intimidad. No es que se avergonzara de lo que era, se repetía constantemente: es que no le hubiesen comprendido. Nadie sabía a lo que se dedicaba porque cuidaba mucho los detalles. Sin embargo, llevar una doble vida siempre acarrea consecuencias. Las horas de insomnio acumuladas. La pérdida progresiva de autoestima. Todas las horas lectivas y clases magistrales que se esfumaron. El paulatino distanciamiento de amigos y familiares. Hasta el más insignificante de nuestros actos engendra una consecuencia.

Pese a todo, no se sentía mal. Ni tampoco se había planteado realmente dejar su trabajo. Era dinero fácil. La excusa moral se la proporcionaba el considerarse a sí mismo como un "apoyo emocional", imprescindible para sus clientas. ¿Estaban faltas de cariño, comprensión o caricias? ¿Viudas o divorciadas? ¿Se sentían solas? ¿Eran viejas, mórbidas, desfiguradas o enfermizamente tímidas? Daba igual. Su trabajo era consolarlas, en la medida de lo posible. En cuanto superó las típicas reticencias iniciales, creó en su mente una especie de código de honor ligado a la prostitución. No era la actividad impúdica e innoble que promulgaban los medios de comunicación y todas aquellas asociaciones de mamarrachos. No. La prostitución era un oficio necesario y digno, aunque poca gente lo reconociera abiertamente. Todo por culpa del maldito afán de guardar las apariencias.

Se veía a sí mismo como un mártir. A veces, jugaba a creer que realmente lo era. "La sociedad nos rechaza, pero depende de nosotros. No importa, puedo soportar su hipocresía. A cambio de unos cuantos billetes reparto dosis de amor y comprensión a quien las necesita".

Llegó a su destino en quince minutos. Un gris bloque de 14 pisos. El edificio presentaba un aspecto nostálgico a la luz de las farolas. Los de mantenimiento debían llevar meses sin acercarse al portal. La capa de pintura que cubría la superficie del marco estaba resquebrajada y dejaba entrever profundas señales de óxido aferradas al acero. Llamó al telefonillo. Alguien descolgó y le abrió sin mediar palabra. Antes de internarse en las entrañas de aquel gigante de hormigón armado respiró hondo, nuevamente, y se dio ánimos. Vamos, tú puedes.

No tuvo tiempo de tocar el timbre. La puerta del 7º C estaba abierta. En el umbral se adivinaba una silueta ligeramente encorvada. Cuando se acercó, y vio de cerca a la mujer que había solicitado su presencia, casi se le para el corazón. En serio. La reconoció pese al exagerado maquillaje que le cubría el rostro. Pese al rímel corrido sobre las mejillas. Pese al carmín que no se detenía en los labios, sino que le bordeaba la boca, convirténdola en una mueca de payaso. Tenía el cabello fino y quebradizo. El tinte caoba se había diluído con el paso de las semanas. Las profundas arrugas se le asemejaron a las grietas de un terremoto. La bata raída, que en su día fue escarlata y presuntuosa, ahora era un trapo descolorido. Ni siquiera el olor penetrante que salía de la casa le nubló el razonamiento. La reconoció al instante. Era "la señorita Dolores", su profesora de la escuela primaria. Se quedó congelado frente a la mujer y escrutó aquellos vidriosos ojos, buscando algún signo de reconocimiento por su parte. Sólo vio una inmensa nostalgia. Y una lágrima plateada.
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Bien. En este caso me ahorraré los juicios de valor. Mejor será que cada cual saque la conclusión que crea oportuna. Para aquellas personas a las que no hayan empatizado con el personaje de la vieja maestra, abandonada y enloquecida, dejo un par de sugerencias. Pueden pensar que el chico se encuentra con algún familiar, con una amiga de sus padres o con cualquier otra conocida que se sienta sola, sin nadie que la haga sentir que vale la pena. Mi único propósito con esta pequeña historia es que el lector reflexione un segundo. Principalmente, sobre las apariencias y la fugacidad del tiempo. Por último, no he querido precisar si la señora Dolores reconoce o no a su ex-alumno. Esta historia no tiene final. Que cada uno le ponga el que desee. Y que la imaginación os haga evocar.