sábado, 6 de marzo de 2010

(Terremoto) Sobre el instinto de conservación

El crujido de la placa de yeso al quebrarse anticipó el derrumbe de la sección del techo que aún no se había desprendido. Un hombre menudo, moreno, de rostro vulgar, y cuyo nombre carece de importancia, pegó la espalda contra la pared y contuvo la respiración. Desde allí, contempló cómo los escombros se desparramaban sobre la alfombra. La montaña de cascotes, que ahora presidía el comedor, era de un tamaño considerable.

Inspiró y expiró trabajosamente, se santiguó y reanudó su quehacer. Aquella ruinosa vivienda pedía a gritos que la saqueasen. Colgado al hombro portaba un deteriorado saco de patatas. De la habitación contigua salieron dos compañeros. Cargaban con un viejo televisor Royal en blanco y negro. En aquella barriada, no albergaban esperanzas de encontrar algo más valioso.

Pese al toque de queda (dictado horas atrás por el Gobierno chileno), la población se mostraba inquieta. Corría el rumor de que ya no quedaba agua potable ni gasolina, en Concepción. Muchos se echaron a la calle, invadidos por ese sentimiento de miedo colectivo. Familias al completo colándose en la casa del vecino -derruida o no- para adueñarse de las pertenencias de valor que hubieran sido "abandonadas". La otra cara del doblón reflejaba a quienes protegían sus posesiones armados con palos, cuchillos e, incluso, armas de fuego.

[...]

Nuestro estimado ratero estaba agenciándose una elegante cubertería de boda, cuando escuchó el gemido. Provenía del fondo de una escombrera. Durante un fugaz segundo, los músculos se le agarrotaron y permaneció en el sitio, petrificado. Aguzó el oído: parecía un bebé. Fuera, sus compinches empezaron a silbar. Eso significaba que los soldados ya venían por la calle principal, los tenían casi encima. "Tienen orden de disparar al cuerpo si es necesario", o eso decía la prensa. Enormes rifles de asalto.

El saqueador se dio media vuelta y echó a correr hacia la salida. El tintineo proveniente del saco ahogó los lamentos de la criatura sepultada.

miércoles, 3 de marzo de 2010

(Terremoto) Hechizos y espejismos baudelairianos

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El muerto gozoso

En una tierra grasa, hastiado ya de besos,
quisiera por mi mano cavar, profunda y sola,
una fosa en que puedan, al fin, mis pobres huesos
dormir en el olvido como el pez en la ola.

Odio los testamentos y los llantos acerbos;
antes que mendigar una lágrima al mundo,
preferiría, vivo, invitar a los cuervos
a ensangrentar su pico sobre mi cuerpo inmundo.

¡Gusanos!, silenciosos y ciegos compañeros,
he aquí un muerto gozoso que hoy ha venido a veros;
hijos de toda podre, filósofos despiertos,

moveos libremente sobre mi sepultura,
decid si reserváis aún alguna tortura,
a este cuerpo sin alma, al muerto
entre los muertos.


El gusto de nada

Triste espíritu mío, otro tiempo esforzado,
la esperanza, que ayer atizaba tu ardor,
¡ya no quiere espolearte! Échate sin pudor
como un caballo viejo que en todo ha tropezado.

Duerme, duerme, alma mía, corazón resignado.

Para ti ya no cuentan, espíritu burlado,
ni el amor, ni la lucha, viejo merodeador.
Placeres, no tentéis la sombra y el dolor.
Adiós, cantos, suspiros... La flauta se ha callado.

¡Primavera adorable, has perdido tu olor!

El tiempo me devora, segundo por segundo,
como la nieve inmensa a un cuerpo ya sin vida;
contemplo desde lo alto la redondez del mundo
y no hallo en todo él para mí una guarida.

Avalancha, ¿quisieras llevarme en tu caída?


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Poemas escogidos de entre los geniales versos que compuso Charles Baudelaire en la creación de su obra maestra: "Las flores del mal". Estas imágenes de locura me vienen a la mente, cada vez que veo escenas de la tragedia por televisión, como un reflejo de "lo irreparable, lo irreversible, lo irremediable" que atormentaba a nuestro autor.

lunes, 1 de marzo de 2010

(Clima) Aquellos días

-¿Qué pasa contigo, tío? -bufó Jandro, al tiempo que tiraba al suelo la colilla consumida que tenía entre los dedos.

-Perdón por el retraso -contestó Samuel, mecánicamente-. Estaba buscando la cartera. No veas, ha aparecido ahí, en lo más profundo del cajón.

-Joder, pues llevo esperando media hora.

-Anda, anda. No flipes que no he tardado ni diez minutos.

Jandró sonrió y, amistosamente, le dio una patada en el trasero a su amigo.

-Dos pitillos han caído -comentó mientras caminaban bajo la luz de la farolas-. Si la palmo de cáncer de pulmón, puedes sentirte culpable.

[...]

Salieron del ultramarinos regentado por Xhu Ling ("el Chulín", para los amigos), con dos latas de cerveza formato yonqui. Es decir, de 500 mililitros cada una.

-¿Dónde vamos?

Decidieron darse una vuelta por el carril-bici, y de paso acercarse a ver las obras de "la ampliación de la red de Metro". De camino, Samuel se fijó en un hombre mayor que esperaba en el semáforo para cruzar la calle. En ese preciso instante, no llovía, pero el viento era intenso y el suelo resbaladizo. Samuel se quedó mirándolo hasta que el semáforo se puso en verde y el anciano, tambaleándose peligrosamente, prosiguió su camino.

Mientras caminaban sobre la roja alfombra de asfalto agrietado que era el carril-bici, Samuel se fijaba en cada tonalidad existente en aquella desapacible noche. Predominaba el gris, de la atmósfera, y el naranja, del cielo y las farolas.

Vieron pasar un autobús azul y bromearon al respecto. Los autobuses eran rojos, de toda la vida. Esa manía que tenía la E EME TE de renovarse cambiando de color no tenía ningún sentido. Un autobús azul era la cosa más fea del mundo. Encima, ahora los fabricaban sin cristalera en la parte posterior; un "atropello a la ciudadanía", según Jandro. Ahí fue cuando Samuel recordó la anécdota que, días atrás, le había referido una compañera de clase, sobre unos tíos que fumaban plata en la parte de atrás de un bule. A su amigo le gustó mucho el chascarrillo.



[...]

-Joder, estos chinos son la hostia -comentó Jandro, irónicamente-. En verano te dan las cervezas que parecen sopicaldo. (Echas unos fideos y te queda una sopa de puta madre). Y en invierno están tan frías que creo que se me han congelado los dedos y no voy a poder despegarlos de la lata.

Samuel se enjuagó la boca con birra y sonrió. Un par de minutos después llegaron su antiguo lugar de encuentro, donde hace años quedaba toda la panda. Un parque enorme que ahora estaba vallado y socavado a causa de las obras del Metro. Como de costumbre, despotricaron contra Esperancita, la bruja mayor del reino, y el pelele de Gallardón. Escupieron por encima la verja. Jandro miró al otro lado de la M-40 y vio esas horribles hormigoneras verticales, mitad rojas y mitad blancas.

-Bua, macho, ¿ves esos tubos de allí? Me recuerdan a esas movidas que se meten por el culo con afanes terapéuticos, ¿cómo se llaman?

-¿Consoladores? -aventuró Samuel.

-No, coño -dijo Jandro muerto de risa-. Que son así, como cápsulas... ¡Ah, supositorios!

Recogieron un par de propagandas del Ahorramás, que había en un buzón cercano. Las emplearon como aislante entre sus culos y la madera húmeda del banco donde se sentaron a terminarse la cerveza. En silencio, por primera vez desde que habían salido de casa, observaron su entorno. La realidad cotidiana de su barrio, todo lo que podía contemplarse desde allí. Farolas fundidas, gapos viscosos, pintadas en los muros, mierdas de perro, bolsas de plástico arrugadas, chicles mascados, el pavimento levantado e inundado por la gravilla, conos naranja-fosforito de las obras... Pese a que no lo comentaron entre sí, ambos estaban pensando en lo mismo: el pasado. En cómo los caminos de cada uno de sus compinches se habían ido separando con el paso de los años. La gente se hacía mayor. Había que madurar, ¿no?

Los asaltó una inmensa nostalgia. Y se puso a llover a lo bestia.

(Clima) Historias de la EMT

Adriana esperaba al autobús desde hacía media hora. El contexto: lluvia torrencial y una ventolera de mil demonios; en definitiva, un ambiente de lo más desagradable. Bajo la marquesina cada vez había más y más gente. Las ancianas que venían de la frutería maldecían a gritos. Adri cogió el mp3 y buscó Extremoduro, quería evadirse. No obstante, al poco rato, y ante la insistencia chillona de la mujer del carrito de la compra con estampado rústico (¡toma ya!), Adriana comprobó (por cuarta vez en tres minutos) la tabla donde venía apuntada la frecuencia de paso de los autobuses. Entre cinco y ocho minutos. Madre del amor hermoso, qué estafa. Por fin, doblando la calle apareció el autobús y la gente suspiró aliviada.

-Ahora me va a oír ese sinvergüenza -dijo alguien con una voz muy antipática-. Ja, pues menuda soy yo.

Mientras las viejas despotricaban con saña contra el indefenso conductor, Adriana aprovechó la ocasión para hacer uso del abono mensual y escabullirse hacia la parte trasera del vehículo. Se sentó en la penúltima fila y apoyó su cabeza contra el cristal empañado. La gente podía llegar a ser de lo más agria. Es decir, claro que a ella también le jodía esperar treinta y tantos minutos bajo la lluvia para coger un puñetero autobús. Pero no por ello iba a pagar sus frustraciones con un pobre chaval que no tenía culpa de nada. La cadencia de salida de los buses era preestablecida por radio, vamos, eso pensaba ella. Clavó la mirada en la chepa de un par de viejas brujas que aún refuñaban más allá. Luego, cerró los ojos y suspiró.


En la última fila de ese mismo autobús, dos hombres cuchicheaban con la cabeza gacha. Uno de ellos calentaba un papel de plata con el mechero; el otro sostenía un tubito de metal entre los dedos. Tenían las manos roñosas. La mezcla que estaban preparando es conocida comúnmente como un arrebujao; o lo que es lo mismo, una mezcla de cocaína en base y heroína, un par de micras de cada. Estos dos tíos aparentaban los cincuenta años, pero ninguno llegaba a los treinta y cinco. No pretendían molestar a nadie, simplemente necesitaban un lugar cubierto donde pillarse el colocón.

Ese olorcillo característico que desprende la gota al "cocinarse" se desplazó hacia la fila delantera. Adriana abrió los ojos, se giró discretamente y volvió a cerrarlos en el acto. De no ser porque se moría de vergüenza, se hubiese cambiado de asiento. No obstante, aguantó el tipo, limpió con el dorso de la mano el vaho del cristal y se concentró en las farolas de ahí fuera. Mentalmente, contó las paradas que faltaban hasta la suya.

Una vez en casa, buscó a su padre y le contó lo sucedido. Estaba preocupada, siempre había sido un poco hipocondríaca. Tal vez, al inhalar el humillo resultante de la cocción, parte de la droga se había adosado a su organismo. Uf, seguro que ocurría algo así. Las cosas empezaban a darle vueltas, y más vueltas. De repente, se encontraba muy mal.

-No, hija mía, no -respondió el padre riendo-. Lo que coloca es el vapor que inhalan mediante el tubo. Si fuese como tú dices, la parte de atrás del bus estaría siempre llena de gente.

domingo, 28 de febrero de 2010

(Clima) Viaje de vuelta e ida

En el semáforo, la estoica silueta de un hombrecillo color rojo brillante. Las calles estaban prácticamente desiertas. Por la noche, el clima en la ciudad era hostil. Un vejete decrépito se apoyaba a duras penas en su bastón. Miró a izquierda y a derecha, pero ningún vehículo iba a aparecer en los próximos minutos. (La utilidad de un semáforo, en una calle por la que casi nunca pasan coches, es un misterio). Pese a que podía cruzar sin peligro, el anciano no hizo un solo movimiento. Esperó pacientemente a que el hombrecillo verde relevase al rojo. De todas formas, lo último que quería era volver a casa.

Caminó con dificultad por la acera mojada. La humedad y las ráfagas de viento de la sierra habían acentuado sus dolores reumáticos, en los últimos días. El cielo era una manta arrugada de tinte ámbar, y la lluvia ofrecía una tregua momentánea. El viejo encorvado sufrió un ataque de tos al llegar a su portal. Se apoyó en la pared para recobrar el aliento. Ochenta y seis años, ya. Sesenta y dos de los cuales había compartido con Ágata, su esposa. Su carcelera. Rememoró tiempos mejores mientras su respiración se acompasaba. Añoró la juventud perdida.

La llave le temblaba en la mano. Su pulso ya no resultaba fiable, por así decirlo. Don Gerardo, una eminencia según su esposa, le había diagnosticado Parkinson. Tras mantener una silenciosa pelea contra sus propios temblores, por fin, logró incrustar la llave en la cerradura. Dentro, el ambiente estaba sobrecargado, apenas se podía respirar. Nuestro vetusto amigo pensó con amargura que acababa de introducirse en un microclima, como los que había en el zoológico; concretamente, en la jaula de las hienas.

Su mujer parecía a punto de hundirse en el sillón, pero sus garras, asidas con fuerza a los reposabrazos, la mantenían a flote. Era prisionero de una dictadora con gafas de pasta, pelusa grisácea sobre el labio superior y un rostro con la textura de una remolacha.

-¿Se puede saber de dónde vienes, calzonazos?

El anciano cerró la puerta con delicadeza, y aguantó el chaparrón. En aquella penumbra, sus ojos se mantenían fijos en las puntas de sus zapatos. Fijos y cada vez más húmedos.

-Manda narices la cosa. Todos los días me haces lo mismo. Te largas por ahí después de cenar y no se sabe nada más de ti hasta las tantas. ¿No te da vergüenza dejar a tu pobre esposa aquí sola, con la cantidad de gentuza que hay suelta? Pues nada. Está claro que al señor le sudan los cojones. Seguro que te vas de putas, o algo así, porque si no, no me lo explico. ¿A qué viene esa manía de pulular a estas horas? Que estás hecho una pena, Ramiro, que lo sabes muy bien. Que cualquier día te escoñas y "amén, Jesús". Lo que tienes que hacer es quedarte quietecito en casa y no moverte, pero tú erre que erre. Ni caso, como siempre.

Etcétera, etcétera, etcétera. El viejo dejó de escuchar. Esa vieja arpía quería enterrarlo en vida. Pues ni hablar. No iba a consentirlo, seguiría tomando diariamente sus dosis de libertad mientras tuviese fuerzas para caminar.

-Me voy a la cama -informó Ramiro-. Que descanses.

-Eres un desgraciao.

Una vez arrebujado entre las sábanas, Ramiro dejó a su mente volar hacia cada instante feliz de su vida. Cada momento que había merecido la pena de aquellos ochenta y seis años. Se vio montando en bicicleta con Joaquín y otros chavales del pueblo, cazando ranas en la poza, jugando con la escopeta de corcho, y luego haciendo la instrucción en Aranjuez, escribiendo cartas de amor a una joven Ágata, amándola apasionadamente en el pajar, bebiendo orujo de hierbas hasta caer doblado sobre la mesa (porque una apuesta es una apuesta), viajando a Roma, a Bruselas, a Berlín, a Nápoles, viendo crecer a sus dos mocosos, Leandro y José Luis, cómo los quería... Así permaneció durante un par de horas. De fondo, se escuchaban los ronquidos de Ágata y al vendedor de la teletienda anunciando una máquina para trocear hortalizas, pero Ramiro sólo atendía a las voces de su pasado.

Poco a poco, se fue quedando dormido. Tenía una sonrisa en los labios cuando su corazón se detuvo. "Su mirada, dulce y gris, voló".

lunes, 15 de febrero de 2010

Nieve: Zarzalejo me cambió la vida

Lo reconozco, estoy muy gordo. El médico me advirtió hace un par de meses de que mis 147 kilos acortarían considerablemente mi esperanza de vida. El riesgo de infarto se multiplica si tienes las venas colapsadas por colesterol de la peor clase. Pero seré franco, me sentía en plena forma. Para mí la apariencia física no es más que una gilipollez, un resultado más del consumismo y del culto al cuerpo. Y por la que no pensaba renunciar a esas apetitosas bambas de nata; ni a untar el aceitillo sobrante de las frituras; ni a la mayonesa, salsa barbacoa o roquefort; ni a ninguno de mis otros grasientos (y suculentos) vicios culinarios. Además, los problemas de salud son para los viejos, y yo aún tengo 35 años. El problema es que, en este preciso instante, creo que estoy al borde del infarto. Siento como si tuviese un yunque sobre mi esternón. Ahora sí que estoy asustado.

Los sanitarios del UNO UNO DOS me hacen sentarme el la parte trasera de la ambulancia: la puerta está abierta. Mientras me examinan, dejo que mis ojos deambulen por la calzada. Los copos caen oscilantes sobre la carrocería de los vehículos empotrados que bloquean ambos carriles y humean en silencio. La colisión se produjo a eso de las 11:07. Un Audi A4 blanco patinó sobre las placas de hielo y se fue directo al arcén; el coche que le seguía, un Fiat Punto rojo no pudo esquivarlo y se lo comió. Fue un choque en cadena. Me empotré contra ellos, y pensé que se me había partido el cuello cuando otro vehículo descontrolado chocó con el culo de mi pobre Seat. Alguien me ayudó a salir del coche. La puerta del conductor estaba encajada, así pues tuvieron que sacarme por la del copiloto. Qué vergüenza.

El sanitario me dice que no sufro ninguna herida de consideración, así que le doy las gracias y me acerco a mi automóvil. Siniestro total; justo dos semanas después de que le cambiase el seguro, de todo riesgo a terceros. Maldigo mi estampa. A mi alrededor, no parece que haya ningún herido grave; la gente forma corrillos y habla agitadamente. Algunos llaman a sus familiares para darles la noticia. También hay quien se recuesta en un capó abollado y se fuma un pitillo con los ojos cerrados.

high angle view of cars on a freeway driving in fog


La nieve sigue cayendo lenta, inexorable. Tengo los dedos agarrotados y me cuesta muchísimo subir la cremallera del abrigo. La nariz me gotea. La nieve empieza a cuajar sobre mi barba, mientras me acerco al arcén. Reparo en una placa de hierro retorcida. La recojo del suelo. Joder, sólo me he agachado y ya tengo el corazón a mil por hora... A la mierda, en cuanto llegue a casa me desharé de toda la comida basura que tengo almacenada. Voy a empezar a cuidarme; en serio, una experiencia tan radical -en un paisaje tan bucólico- me ha hecho replantearme el valor de mi existencia. Jadeando con levedad examino el cartel arrancado: M-533, km 7.

martes, 9 de febrero de 2010

El proceso creativo

Jimmy tenía la historia en su interior. Tras anotar "Hastío" en la parte superior del folio, comenzó a escribir sin saber bien cuál iba a ser la próxima palabra. Todas las emociones, sensaciones y protestas reprimidas durante años hervían por salir de su interior.

Cuando se levantó de la silla, ya tenía una historia. Sabía que era literatura estrafalaria. Sabía que era imposible. Pero lo había conseguido. Y sabía que tenía un millón de narraciones más en su interior, historias que sólo precisaban de una chispa para salir a la luz. Pero, ¿sería capaz de escribirlas?


Extraído del libro "Por el pasado llorarás", de Chester Himes.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Nada que demostrar

Tengo una Glock 19 en mi mano derecha. Percibo el frío de su empuñadura. La aprieto con todas mis fuerzas para infundirme valor. A mi alrededor la gente va y viene, se arremolina dejando tras de sí diferentes hedores y permufes caros. Tengo una pistola del calibre 9 milímetros Parabellum en mi mano derecha y nadie parece darse cuenta.

No sé exactamente dónde estoy metido. La primera imagen que se me viene a la cabeza es la estación de metro abandonada en la que se enfrentan Neo y el agente Smith, en Matrix. Pese a mis dudas, me introduzco en el vagón de metro y apunto aleatoriamente a las cabezas de sus ocupantes.

-Todo el mundo al suelo, joder.

Así es como se hace en las películas. El atracador entra en escena esgrimiendo un arma y pronuncia las palabras mágicas. Ahora puedo ver una miríada de rostros desencajados. Ese viejo de allí tiembla sin remedio. Aquel ejecutivo de allá abraza su maletín con fervor casi religioso. Una embarazada acaricia su vientre hinchado mientras me mira sin pestañear.

Es entonces cuando los de seguridad espabilan, claro. Ahora vendrán haciéndose los héroes y me obligarán a disparar. Me forzarán a hacer algo que no quiero hacer. Para escapar tendré que vaciar un par de cargadores. Cristales rotos por todas partes.

[...]

En el piso de arriba hay un montón de autocares aparcados. Subo corriendo a uno que parte hacia Valladolid. Le digo al conductor que vaya tranquilo, que si se porta bien nadie saldrá herido; así evitaremos disgustos. El tipo asiente con la frente empapada. El sudor le resbala por la cara a chorros. El cuello de su camisa absorbe el goteo incesante de agua y sales canalizado por las orejas. Siento náuseas. Observo a los ocupantes del autocar. Hay toda clase de pasajeros: chicas jóvenes, ancianas histéricas, madres, hijos e, incluso, un señor con bigote.

Me siento junto a la ventana, en la tercera fila de asientos que hay a la espalda del conductor. El viaje se me hace eterno. En la autopista, se suceden los accidentes, aunque no nos vemos implicados en ninguno. Nunca he visto nada parecido: los coches arden en el arcén o salen despedidos por encima de los quitamiedos, pero a nosotros ni nos rozan.

Oigo gimotear a una señora, al final del pasillo.

-No quiero morir -balbucea con voz de pito, mientras yo pienso que todos moriremos, tarde o temprano.

Viajo mirando alternativamente a la carretera y al resto del pasaje. Creo que el hombre del bigote está tramando algo. No es normal que tenga el ceño tan fruncido. Fijo mi vista en él y levanto la pistola, como recordatorio. El tipo saca de su mochila unas gafas de sol negras y se las coloca. Su morro torcido me pone de los nervios.

De pronto, la furgoneta blanca que nos precede (¿o es beis?) hace un trompo y queda atravesada en mitad de la carretera, obstaculizando dos carriles. Un coche intenta una maniobra evasiva y nos impacta lateralmente. El autocar se bambolea y yo me doy un hostión en la cabeza, pero nuestro conductor consigue mantener el vehículo en la calzada. Reparo en el dolor. Me llevo la mano a la parte superior izquierda de la cabeza y la tanteo. Luego, me miro los dedos y los encuentro manchados de sangre. Una sangre muy diluida, por cierto.

Maldigo en voz baja mientras me volteo para comprobar los efectos del choque entre los viajeros. Entonces me fijo en un yonqui que está sentado al otro lado del pasillo, una fila por detrás de mí. Tiembla violentamente, lo que me hace pensar automáticamente en mi cepillo de dientes eléctrico. Cuando vuelvo a mirarlo, poco después, la barba le ha crecido, como si hubieran pasado un par de días. De hecho, ni siquiera puedo asegurar que se trate del mismo hombre.

El vehículo avanza esquivando coches en llamas; yo me voy comiendo la cabeza. Tal vez lo de secuestrar el autocar no haya sido una buena idea. La chica que ocupa el asiento de al otro lado del pasillo lloriquea un poco. Es bastante mona. Un mechón de pelo oscuro y unas gafas cuadradas enmarcan dos enormes ojos verdes. Me inspira una profunda pena, así que trato de consolarla. Me muevo al asiento de al lado y susurro.


-Eh, puedes estar tranquila. No voy a haceros daño a ninguno.

Me obligo a sonreir, quiero animarla. No es justo que haya personas pasándolo mal por mi culpa, pero tengo que mantener el control de la situación. Todo se reduce a eso. Ella me mira, seria de repente.

-Ya, si lo sé. El problema es el tiempo. Estos individuos no se callan, no paran de quejarse. Y lo que van a hacer, en cuanto todo esto termine, es irse por ahí a comprar, a gastar su tiempo en chorradas. No han aprendido nada con todo este follón.

-Realmente, sólo lo hago para probarme -explico, como si hubiese escuchado otra cosa-. Es decir, ¿soy capaz? Estaba un poco harto de siempre la misma rutina.

Ella me sonríe, asintiendo.

-Es emocionante. ¿Estabas en una situación límite?

Y, de pronto, pienso en qué coño estoy haciendo. ¿Qué pasará cuando me cojan? Intento imaginarme la situación. Quizá me golpeen el cráneo con saña, me esposen y me arrojen a un calabozo a la espera del juicio. No quiero ir a la cárcel, vete a saber qué clase de barbaridades ocurren allí. O tal vez los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado me cosan a balazos a la mínima oportunidad. La angustia me antenaza la garganta. Siento como si mi estómago se hubiese comprimido sobre sí mismo hasta reducirse al tamaño y textura de una uva pasa.

Un buen amigo, compañero de clase además, ocupa el asiento que tengo delante. No lo había visto hasta ahora. Se encarama al respaldo e intenta darme ánimos. Me dice que tampoco conlleva una pena judicial tan alta el hecho de secuestrar un autocar. Pero no sólo es el secuestro lo que me preocupa... En la huída que emprendí para llegar al autocar he disparado contra varios policías y civiles. Cristales rotos, ¿recuerdas? Joder, ahora me acuerdo perfectamente. Es probable, bueno, en realidad es casi seguro que alguno haya muerto.
Me siento enfermo. ¿Soy un puto asesino? ¿Por qué disparé tan alegremente antes? ¿Era yo quien disparaba? "La cabeza no deja de girar". No pasa nada, debo de estar soñando y, en los sueños, todos los errores que se cometen se enmiendan al abrir los ojos. Un momento, ¿seguro que esto es un sueño?

Y justo entonces me despierto.

miércoles, 27 de enero de 2010

Breves nociones sobre la propiedad intelectual (II)

Internet es un elemento determinante para la propagación de la cultura y la información. Contribuye al ejercicio universal de la libertad de expresión y garantiza el pluralismo de las ideas. Pese a esto, los titulares de derecho de propiedad intelectual presionan inagotablemente para imponer una regulación que les permita el desarrollo de modelos de negocio de acceso restringido. En consecuencia, los Tratados de la OMPI manifiestan “la necesidad de equilibrio entre los derechos de los autores y los intereses del público en general, en particular en la educación, la investigación y el acceso a la información”.

Con las excepciones a los derechos de propiedad intelectual en Internet se preservan (teóricamente) intereses de carácter público. Algunos ejemplos de estos intereses son la libertad de expresión e información o el derecho de acceso a la cultura. La lista de excepciones incluidas en los textos internacionales no tiene un carácter cerrado.

Los titulares pueden recurrir a medidas tecnológicas para proteger sus obras. ¿Cuál es el valor de las excepciones frente a esto? Diferenciemos entre las obras licenciadas en línea y las no licenciadas en línea. En el primer caso, la Directiva interpreta que los titulares de la obra tienen un derecho absoluto a condicionar el acceso y los posibles usos. Resumiendo, se excluye y olvida el interés público. Por otra parte, cuando las obras no se encuentran licenciadas en línea, la Directiva intenta (de un modo algo dudoso) conseguir el equilibrio anteriormente descrito. El resultado de aunar el interés público con las demandas de los titulares es una regulación extremadamente compleja, de peliaguda aplicación práctica.

Como cierre quisiera destacar la extensa corriente de oposición ciudadana que estos avances del derecho de propiedad intelectual han despertado. Porque, de la misma forma que los titulares de la propiedad intelectual pueden perseguir el acceso o copias no autorizadas, los usuarios cuentan con herramientas -e ingenio- suficientes como para eliminar tales medidas de protección. Y es que, si el Derecho justifica el cierre de páginas Web tan sólo por poseer enlaces hacia sitios que contienen creaciones intelectuales, resulta lógico que la gente se oponga a esta concepción policial y restrictiva. El método más universal que tiene la población de expresar este descontento es realizando de millones de actos diarios individuales de rebeldía.

viernes, 15 de enero de 2010

Breves nociones sobre la propiedad intelectual (I)

Antes de entrar en materia he de confesar algo. Los datos que he empleado para elaborar este acercamiento al derecho de propiedad intelectual han sido extraídos del texto “El derecho de propiedad intelectual: por un nuevo equilibrio entre creadores e interés general”, de Celeste Gay Fuentes. Bien, ahora que he salvado mi alma, doy paso a la información pura y dura. Si de lo expuesto debajo alguien aprendiese algo, me sentiría satisfecho (y supongo que Celeste también).

La aparición de la imprenta motivó las primeras manifestaciones del derecho de autor, en forma de licencias de impresión otorgadas por los monarcas. No obstante, hasta el siglo XVIII no aparece el concepto de derecho de autor como medio para asegurar a los creadores una remuneración a su trabajo intelectual.

En sus orígenes, el derecho de autor estaba vinculado a una concepción individualista del creador, al que se le reconocía el derecho de control sobre una obra literaria o artística. La aparición de nuevos tipos de creaciones intelectuales supuso una expansión del número de obras cubiertas por la propiedad intelectual. Esto, a su vez, ha provocado una significativa modificación en los principios de funcionamiento del derecho de autor.

Las nuevas obras surgen de una producción industrial, que es un proceso complejo en el que participan múltiples sujetos incluidos en una organización empresarial. Así pues, el primitivo concepto de derecho de autor ha sufrido un cambio tan grande que, actualmente, es preferible usar el término más extenso de derecho de propiedad intelectual.

El creador individual se ha convertido en un mero asalariado. La titularidad de los derechos de propiedad intelectual ha sido desplazada. En la mayoría de las legislaciones nacionales aparece el concepto de obra colectiva. De esta forma, el Derecho favorece el tránsito de los derechos de propiedad intelectual de los autores, artistas intérpretes y ejecutantes a favor de las organizaciones empresariales. ¿La justificación? Muy sencilla, se alega que esta ruta facilita la comercialización de las obras.

Por cierto, para el que (como yo) no lo supiera, los derechos económicos que se otorgan a los titulares de la propiedad intelectual son cuatro básicamente. Los derechos de reproducción, de distribución (venta, alquiler y préstamo), de comunicación pública y de transformación.

Ahora centrémonos en el entorno digital, teniendo en cuenta la suma de modificaciones introducidas en la producción y distribución cultural. Uno de los mayores dilemas es la llegada de Internet, un nuevo medio de explotación. Mediante la Red pueden transmitirse todo tipo de informaciones. En el entorno digital aparecen las obras multimedia, los programas de ordenador y las bases de datos. Como estos términos no nos son desconocidos, obviaremos su definición.

El meollo de la cuestión radica en encontrar a los sujetos responsables de las infracciones a los derechos de propiedad intelectual. En este caso, serían los proveedores de contenidos y los usuarios de Internet. La particularidad que se plantea en las transmisiones en línea es que dichos sujetos pueden ser difíciles de localizar y, además, actuar contra ellos resulta enormemente complicado (gran número de usuarios, gran dispersión). Por ello, los titulares de la propiedad intelectual buscan a los intermediarios del proceso de transmisión. Así pretenden identificar a algún responsable más cercano y estable.

La aproximación que la DDASI realiza a este tema es demasiado general y no resuelve todas las interrogantes. Una regulación más matizada la encontramos en la Directiva 2000/31/CE sobre el comercio electrónico. La Directiva establece unas condiciones concretas para decidir quién es responsable y quién no. Los prestadores de servicios de intermediación técnica (operadores de red y proveedores de acceso) sólo serán responsables si han originado la transmisión o la han modificado. Los prestadores de servicios de alojamiento o almacenamiento de datos proporcionados por terceros serán considerados culpables si tienen conocimiento de la infracción y no actúan con diligencia. Por último, los prestadores de servicios de "caching" no serán responsables de los contenidos almacenados. Como puede verse, la responsabilidad de los sujetos se vincula esencialmente al conocimiento de la ilicitud de la información transmitida.

(Lo siento mucho, pero el tochaco de texto no ha hecho nada más que comenzar. En efecto, continuará...)