miércoles, 26 de enero de 2011

Empieza el calor

Un vaho de hedores hirvientes emergía de la sartén y quedaba flotando en el aire inmóvil y caliente, no más arriba de los techos: olor a barbacoas crepitantes, pelo chamuscado, humos de fritura, basura podrida, perfumes baratos, cuerpos sucios, edificios decrépitos, asaduras de perro, gato y ratas, whisky y vómitos, y de todas las restantes y resecas pestilencias de la miseria.

"Empieza el calor", de Chester Himes.

Impresionante.

sábado, 22 de enero de 2011

El Cepo

El conserje de mi escuela se llamaba Matías, pero entre el alumnado era más conocido como el Cepo. De ceporro, claro. Un mote perfecto porque, cuando te cogía, el cabrón no te soltaba. Siempre llevaba un mono verde, con manchas de pintura, y una gorra con publicidad de Caja Segovia. Como mi colegio es tirando a cutre, Matías tan pronto pintaba las líneas del campo de fútbol, como arreglaba la instalación eléctrica, o abría y vigilaba la verja a la hora de las entradas y las salidas.

No sé qué edad tendría. ¿Cincuenta y pico? Algunos creían que menos. Cara rechoncha, irregular, papada. Se estaba empezando a quedar calvo. Usaba unas gafas cuadradas de montura gruesa, con unos cristales más gruesos aún. Cuando te agarraba de la pechera y ponía tu cara a la altura de la suya, podías ver gran cantidad de mierda adosada a las lentes. El aliento le apestaba a muerte, o a clorofila, dependiendo de si tenías suerte y él un chicle a mano.

Una vez, mientras me daba la chapa por escupir en el pasillo, me fijé en su barba. No es que se afeitara mal por gusto. Los pliegues de carne sebosa debían ser un estorbo de primera para la cuchilla.

domingo, 16 de enero de 2011

lunes, 27 de diciembre de 2010

Fauna nocturna madrileña I

Hombres. Casados o pajilleros, o ambas cosas. De entre treinta y muchos y cincuenta y pocos. Calvos, gordos, con perilla y mirada lasciva. Labios encarnados, húmedos porque una viscosa lengua los recorre asiduamente. Una mano sostiene el cubata, la otra no sale del bolsillo. (Quizá alguno se esté acariciando la entrepierna a través del pantalón).

Están ahí, como pasmarotes, en mitad de la pista de baile. No quitan el ojo a las piernas de mis compañeras de clase. Sonrisa sesgada. Tuercen el cuello, comentan algo entre ellos y se carcajean. Me dan asco.

-Están de convención en Madrid, seguro -me susurra Luis al oído (un gran compañero de clase, con 41 tacos y trabajo estable)-. ¿Tú crees que un padre de familia que viva aquí dejaría en casa a sus mujer e hijos para venir a zorrear a este antro?

Ni idea. ¿Cómo se supone que voy a saberlo? Analizando su chocante aspecto, me extraña cada vez más que alguien los esté esperando en casa.

-Solterones salidos. ¿Quién iba a querer emparejarse con estos tiparracos? -sentencio.

Luis menea la cabeza.

-La soledad es una cosas muy jodida, tío. Puede que a día de hoy te la sude, pero, te lo digo por experiencia, cuando llegas a una cierta edad... te acabas agarrando a lo que sea.

[...]

Ahora estoy apoyado en una Yamaha TZR50 (no es mía), con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás. Son las cuatro y media de la madrugada y está helando. La mayoría de la gente se ha cambiado de local en cuanto encendieron las luces. Efe y yo, en cambio, nos hemos tomado un respiro.

-A estas alturas ya acosan menos, ¿eh? -comenta Efe, pensativo.

Sonrío. Es increíble la cantidad de relaciones públicas de locales de medio pelo que puedes encontrarte por Huertas un miércoles de diciembre hacia la medianoche. Nosotros éramos un grupo de más de treinta personas: presa fácil. Los hay para todos los gustos. El argentino, el urugayo, el andaluz, el madrileño, el negrito cachas. La hostia... me da la sensación de que, tras nuestra negativa a acompañarlos, se meten en la primera bocacalle, zigzaguean ligeramente, y vuelven a hostigarnos una decena de metros más allá. Qué energía, qué vitalidad, qué pesados. Tengo la impresión de que hay más "relaciones públicas" que "público" en sí. Aunque, pensándolo bien, tal vez esto se deba a que no pueden estarse quietos. El efecto sensorial de superioridad numérica apabulla.

Y luego están los chinos que venden cerveza. Insistentes. Incansables. Insobornables. Un clásico de la noche madrileña. Una vez estuve a punto de morir de un ataque de risa en la plaza de Santo Domingo. Aún faltaba para que abriesen el metro. Imaginad a seis chavales embriagados y hambrientos debatiendo con el dueño de un kebab. El tipo dice que todavía está cerrado. "Venga, hombre, ¿y ese individuo del turbante? ¿Qué pinta detrás del mostrador si está cerrado?". De pronto, una mujer china se me cuelga del brazo y me dice: "¿Celveza?". Le digo que no con la cabeza, y le explico: "Voy servido, gracias. Lo que necesito es comer algo. ¿No tendrás un bocadillo por ahí?". Me sonríe, radiante. "¿Quieles celveza?".

-Sí, igual tienen que descansar como todo el mundo -me incorporo y miro a Efe-. O eso, o están en Cibeles, engatusando en las marquesinas de los búhos.

[...]

-Escribiré en mi blog al respecto. Esta feroz competencia entre chinos vendedores de cerveza y relaciones públicas es un fenómeno digno de ser estudiado por las más prestigiosas universidades -suelta Efe con sorna, mientras pateamos el gélido asfalto-. Pero tú tendrás que hacer lo propio. ¿Qué me dices?

Antes de que pueda decir que eso está hecho, un chaval de pelo largo, armado con una montaña de flyers, salta de la puerta de un guariche y, sonriendo de oreja a oreja, anuncia:

-¡Chicos, los invito a un "chupitaso" de peché!

jueves, 21 de octubre de 2010

El por qué de mi absoluta falta de interés por los concursos literarios (a día de hoy)

Tal vez tenga miedo de que evalúen lo que escribo. De que cuatro literatos relamidos sean los que califiquen un relato mío, ensanzándolo o tachándolo de completa mediocridad. Un cuento no puede puntuarse más que en función de criterios subjetivos. Lo único que le pido a un relato es que me haga evocar, que me enseñe algo.

Hace cosa de unos meses, leí una frase que me impactó, en el preámbulo de "La peste", de Albert Camus: Si me hubieran leído seguramente hubiera intentado complacer. Siendo clandestino, fui auténtico. Poco puedo añadir. La única manera de ser tú mismo ante la página en blanco es usarla como desahogo. Quienes escriban de cara a la galería, tal vez lleguen a altos índices de ventas e, incluso, es posible que emocionen a un cierto grupo de lectores insulsos. No obstante, la manera más potente (y a la vez, la más real y efectiva) de llegar al público es escribir desde dentro, desde el fondo. Hay mucha gente que, en contra de lo que muchos piensan, no es imbécil. Sabe cuando alguien es sincero o escribe para agradar.

¿A que entre los integrantes de nuestra banda de amigos íntimos no contamos con ningún tipejo que siempre trate de ser políticamente correcto, que no se moje nunca, que no exprese su opinión en los debates? Posiblemente, conozcamos a alguien así. De hecho, conocemos a un gran número de individuos (e individuas) de esta calaña, pero nunca nos fiaríamos de ellos. Es sencillo, no son uno de los nuestros. La gente demasiado imparcial se nos antoja fría y distante. A eso, añádele unas gotas de "poner buena cara a todos" y otras de "falsear para agradar", y lograrás el retrato robot de un/a auténtico/a gilipollas.

MUCHOS ESCRITORES DE ÉXITO REDACTAN ASÍ.